30/10/08

Prólogo al libro "Desde un tren de mercancías", de D. Francisco Rodríguez

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La edición conjunta de los escritos de Francisco Rodríguez representa una novedad de relieve en nuestra bibliografía. De una parte, se reúnen en él muy variados trabajos -artículos, editoriales, discursos, conferencias- en los que predominan los temas económicos y empresariales, pero en cuyo tratamiento sobresale el carácter marcadamente humanístico y literario de su autor; de otra, constituye un testimonio personal y directo sobre el desarrollo del sector lácteo en nuestro país, de la mano de uno de sus más destacados promotores.
Ahora bien, parece existir en la cultura española una especie de divorcio, de menosprecio mutuo, entre la actividad económica y el cultivo de las letras. El hecho es que no estamos los españoles familiarizados con la figura del empresario humanista, lo que equivale a decir que la actividad económica y la reflexión intelectual no han solido ir de la mano en España. Y no me refiero, por ejemplo, al hecho de que los clásicos de la economía estén escritos casi por entero en inglés, con exclusión del español, sino a un hecho primordial, atendiendo a las características específicas de nuestra cultura: desde el origen mismo de nuestras letras, nuestros escritores han dirigido su atención y estima hacia valores e ideales ajenos, cuando no contrapuestos, a la generación de riqueza mediante el trabajo y el progreso científico.
Y, sin embargo, es la nuestra una cultura primordialmente literaria, de manera que la literatura ha venido a ser una especie de catalizador de la vida española a lo largo de la historia. Es en la creación literaria en lengua castellana donde el genio hispano ha rayado a mayor altura. Permítaseme, por ello, comenzar haciendo lo que suelo en estos casos: echar una primera ojeada inquisitiva a nuestro pasado literario, en la confianza de que alguna luz habrá de arrojar sobre el tema.
La cuestión previa que aquí se plantea vendría expresada en los siguientes términos: ¿Cómo aparece la actividad económica en nuestra literatura? ¿Ha inquietado a nuestros escritores, en alguna medida, el problema del desarrollo de nuestra economía? ¿Puede hablarse entre nosotros de una literatura de tema económico que corra pareja con el desarrollo de la sociedad burguesa, de la misma manera que la encontramos en nuestros países vecinos? Tema éste del mayor interés, en el esclarecimiento de nuestro pasado histórico y literario, que sería bueno se abordara con el suficiente rigor y extensión. En estas páginas, sin embargo, escritas en razón del afecto y la amistad de quien las inspira, no podemos sino dejarlo apuntado.
Y, como traído de la mano, porque un tema remite necesariamente al otro, se nos aparecerá el viejo argumento del «problema de España», tan vivamente sentido hasta no hace mucho tiempo y que hoy parece sobrepasado, esperemos que con pleno fundamento.

* * *

Sánchez-Albornoz ha explicado, a propósito de la inmadurez del feudalismo español y de la debilidad de la burguesía castellana y su fracaso en el siglo XVI, cómo el ideal de vida de los españoles durante el decisivo período de formación del reino castellano en la Edad Media fue «la alegre y esperanzada emigración a tierras nuevas... las alucinantes esperanzas de medros fáciles a golpes de espada... los ideales guerreros como valores humanos decisivos, con desmedro de las actividades económicas o culturales.» Los españoles asociaron, de esta manera, el ideal guerrero de vida con la adquisición de la riqueza en la lucha contra el moro.
Pues bien, en ningún texto medieval aparece esa asociación como en el Cantar de Mío Cid, según creo. Ideal guerrero y deseo de lucro se nos muestran asociados sin reserva alguna, con la sencilla ingenuidad de todo arte primitivo. Veamos dos muestras de ello.
Cuando Mío Cid conquista Castejón, en tierras alcarreñas, ofrece a Minaya Alvar Fáñez la quinta parte del rico botín conquistado. Minaya rehúsa, por las siguientes razones:

«Quiero prometer a Dios, a Aquel que está allí en lo alto,
que mientras yo no me harte, montado en mi buen caballo,
de lidiar bien con los moros y vencerlos en el campo,
hiriéndolos con la lanza, poniendo a la espada mano,
mientras no vea la sangre chorreando codo abajo
estando delante el Cid, ese guerrero afamado,
no tomará ni un dinero del Campeador mi mano.»

Después de haber tomado Alcocer, son sitiados por las tropas de los emires Galve y Fáriz. El Cid combate y vence a sus sitiadores, ganando riquísimo botín. Su pensamiento, entonces, se dirige a la iglesia de Santa María, en Burgos, y a su mujer e hijas, acogidas en el monasterio de San Pedro de Cardeña:

«Aquí tenéis Alvar Fáñez oro bueno y plata fina
esa alta bota con ello la llenáis hasta arriba,
en Santa María de Burgos por mí pagaréis mil misas
y lo que os sobre dadlo a mi mujer y a mis hijas,
que recen mucho por mí en las noches y en los días
que si Dios vida me diera han de llegar a ser ricas.»

Jorge Manrique, ya en época de desintegración del mundo medieval, lo expresa en las fluidas y armoniosas coplas de pie quebrado dedicadas a la muerte de su padre, el Maestre don Rodrigo Manrique, la más bella elegía escrita en nuestra lengua castellana, a la vez que el más fiel y expresivo ideario cristiano-medieval del pueblo castellano:


«Non dejó grandes tesoros, y en las lides que venció,
ni alcanzó muchas riquezas cuántos moros y caballos
ni vajillas; se perdieron;
mas hizo guerra a los moros, y en este oficio ganó
ganando sus fortalezas las rentas y los vasallos
y sus villas; que le dieron.»

Pero es que la guerra contra el infiel no sólo procuraba honra y fortuna en esta vida, sino que —lo que es mucho más importante— estaba asociada a la salvación eterna, en equivalencia con la perfección del estado religioso:


«El vivir que es perdurable mas los buenos religiosos
non se gana con estados gánanlo con oraciones
mundanales, y con lloros;
ni con vida delectable los caballeros famosos,
en que moran los pecados con trabajos y aflicciones
infernales; contra moros.»


En congruencia con esta valoración de la humana existencia, según la cual la oración y la guerra contra infieles serían las supremas tareas en este mundo en orden a la salvación del alma, las figuras de religiosos y militares predominan en nuestra producción literaria culta anterior al siglo XVIII. Circunstancia ésta que debió de contribuir poderosamente a la persistencia en nuestra literatura del Renacimiento y el Barroco de temas y sentimientos más propios de la baja Edad Media que de los nuevos tiempos de desarrollo de una sociedad burguesa precapitalista sustentada en la economía monetaria. La política imperial de los Austrias haría el resto.

Hubo en Castilla, naturalmente, una crisis del sistema feudal en el siglo XIV, al ir perdiendo los señores el dominio sobre el campesinado, y un auge correlativo de la burguesía, del comercio y de la economía monetaria. Y aparece en cierta literatura de crisis el tema del dinero, pero bajo un punto de vista satírico, cuando no de franca hostilidad y severa censura; ello revela las actitudes dominantes de violenta reacción conservadora frente a las nuevas relaciones de producción, y de añoranza de los valores tradicionales en trance de desaparecer. La literatura, en definitiva, toma posición a favor del mundo medieval y en contra de la incipiente burguesía precapitalista.
Recordemos, por ejemplo, las invectivas de Juan Ruiz y del Canciller Ayala acerca de «la propiedat quel dinero ha». En el Libro de Buen Amor se habla del poder del dinero en los siguientes términos:

«en suma te lo digo, tómalo tú mejor:
el dinero, del mundo es gran revolvedor,
señor hace del siervo e del siervo señor;
toda cosa del siglo se hace por su amor.»

El Canciller Pero López de Ayala, que fue doncel del rey Pedro I, pasando luego al bando del bastardo Enrique de Trastámara, por lo que obtuvo el cargo de canciller en 1398, deja en su Rimado de Palacio constancia de su desprecio por la economía mercantil y los mercaderes, sobre quienes arroja las más duras acusaciones:

«Pues ¿qué de los mercadores aquí podría decir?
si tienen tal oficio para poder fallir ,
jurar e perjurar, e en todo siempre mentir;
olvidan Dios e alma, nunca cuidan morir.

En sus mercadurías han mucha confusión,
a mentira e a engaño e a mala confesión,
Dios los quiera valer e ayan su perdón,
que cuanto ellos no dejan dar quinta por bordón. »

El Libro de miseria de omne contiene una violenta crítica de quienes se afanan por ganar dinero. El anónimo autor, probablemente un clérigo aldeano de la Montaña santanderina, ahonda en la concepción pesimista de la condición humana que encierra la obra original para ofrecer a sus oyentes una consideración moral de las actividades mercantiles extremadamente negativa:

«Por amor de ganar algo, los homnes que son mortales
andan, corren e trastornan por oteros e por valles;
hacen vías e caminos por sierras e piñascales,
desende pasan la mar, en que sufren muchos males.

E pónense a tronidos e a rayos muy mortales,
desende a pluvias e a vientos e a todas tempestades;
scodriñan todo el mundo e los fondones de los mares:
por ganar una meaja muchos pierden sus verdades.

Tajan, duelan, urden, tejen, hacen muchas maestrías;
plantan viñas, hacen casas, huertas, hornos, pesquerías;
hacen hurtos e engaños, que son malas mercaderías,
e por amor de los dineros, otras muchas follías .»

En la obra del severo moralista que es Sem Tob, rabí de Carrión de los Condes, en Tierra de Campos, se ofrece una grave condena de la codicia y el dinero, a las que considera como raíz de todo mal en la conducta humana. Frente a ello, exalta virtudes tales como el temor de Dios, la sabiduría, la verdad, la prudencia en el hablar y el callar. Hay en la concepción del mundo y de la naturaleza del hombre una escisión, una dualidad irreductible, que pone de manifiesto la personalidad nostálgica del rabino en una época de profundos cambios, de decadencia de la espiritualidad medieval ante el auge del nuevo espíritu mercantil:

«Non puede hombre tomar «Cuando lo poco viene,
en la cobdicia tiento: cobdicia de más cresce;
tanto es profunda mar, cuando hombre más tiene,
que suelo non lo siento.» tanto más le fallesce.»

« Quien alcanza una cosa, «Y cuanto más alcanza,
de otra cobdicia cobra más cobdicia diez tantos;
mayor y más penosa: el peón, desque avanza,
mengua face la sobra.» calzas ha por quebrantos.»

Advertimos en estos versos parecida actitud ante las nuevas realidades sociales que en el Arcipreste, el Canciller Ayala y el anónimo autor del Libro de Miseria de Omne. Sólo la nota personal varía en el tono de sus lamentaciones: si el humor -tal vez la desenfadada aceptación de una realidad que no le gusta- es la nota dominante en el Arcipreste, y la desdeñosa altivez en el Canciller Ayala, en el traductor montañés del Libro de Miseria de Omne parece dominar un aire de amonestación de púlpito. Pero don Sem Tob nos conmueve con su tono humilde y dolido en la aceptación de lo que considera mal inevitable de la humana condición y de los nuevos tiempos. Es la tristeza del judío ante la escisión de su mundo y de su propio yo. No nos resistimos a sustentar esto último con otros dos conmovedores proverbios:

«Por nacer en espino «Pero amigo claro
la rosa, yo no siento leal y verdadero
que pierde, nin el buen vino es de fallar muy caro:
por salir del sarmiento. non se ha por dinero.

Nin vale el azor menos Non hay mejor riqueza
porque en vil nido siga, que la buena hermandad,
nin los ejemplos buenos nin tan mala pobreza
porque judío los diga.» como es la soledad.»

Con La Celestina entramos de lleno en el desequilibrio de valores que se produce dentro de una doble crisis histórica: el tránsito de dos épocas, junto a la oposición de dos colectividades social y culturalmente enfrentadas y, sin embargo, forzadas a integrarse.
De un lado, el mundo medieval, ya en franca desintegración, y el renacentista, que se abre camino con toda la pujanza de una nación recién unificada y dispuesta a acometer nuevos proyectos históricos. De otro, dos sociedades; mayoritaria y suficiente la una, compuesta por cristianos viejos; minoritaria y sometida la otra, formada por judíos conversos o cristianos nuevos. La conflictiva integración de ambas comunidades explica muchas de las peculiaridades de nuestra Edad Moderna.
Fernando de Rojas es un converso, hijo de judíos penitenciados por la Inquisición, y toda su vida estuvo condicionada por estas circunstancias. Así, el mundo de La Celestina no es sino una transposición del nihilismo de Rojas a los personajes, la acción y el sentido final de la comedia. Todo en ellos es alienación y arrebato; arrebatado es Calisto en la búsqueda del placer; Melibea en la entrega y sometimiento de su voluntad; Celestina en la avaricia; los criados Sempronio y Pármeno en la concupiscencia, deslealtad y codicia. Son seres alienados que se mueven a impulsos de las más elementales pasiones de la condición humana para desembocar en el arrebato final de la muerte; en la nada.
La muerte de estos personajes no tiene otro sentido que el de subrayar el sinsentido de sus vidas. La muerte les llega, en todos los casos, de manera precipitada, absurda, en un encadenamiento que comienza en Celestina para acabar en Melibea , único personaje que parece buscar un sentido a la muerte, libremente elegida: dar fin a una vida carente de sentido tras la pérdida de Calisto.
Y al final, Pleberio, el padre de Melibea, única hija y heredera, cuya muerte lo sume, asimismo, en el sinsentido de su propia existencia abocada a la extinción, a la nada.
El dinero juega un importante papel estructural en La Celestina, en una sociedad dominada ya por las relaciones de producción precapitalistas -relaciones individuales y a sueldo- que van desplazando las viejas relaciones organicistas y de servidumbre feudales. En torno a la pasión amorosa de los dos jóvenes amantes se teje todo un entramado de bajos intereses económicos. Económica es la relación señor-criado , como lo es la intermediación de la alcahueta y la alianza entre ésta y los criados.
Pero esa interesada alianza entre Celestina, de una parte, y Sempronio y Pármeno, de otra, es la que conducirá a la destrucción de todos y cada uno de los protagonistas de la comedia. De nuevo se nos muestra la intrínseca maldad del dinero, que arrastra a los humanos a la codicia y, con ella, a la bajeza.
Así, la avaricia de Celestina, al negarse a dar parte de su ganancia a los dos criados, será causa de su airada muerte a manos de éstos; el ajusticiamiento de Sempronio y Pármeno a manos de la justicia será, a su vez, causa de la muerte de Calisto, al precipitarse desde la alta tapia del huerto de Melibea para ir en defensa de sus nuevos criados; la muerte de Calisto, en fin, es la que determina el suicidio de Melibea y el planto de Pleberio con que concluye la obra:

«¡Oh, duro corazón de padre! ¿Cómo no te quiebras de dolor que ya quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos? ¡Oh, tierra dura! ¿Cómo me sostienes? ¿Adónde hallará abrigo mi desconsolada vejez? ¡Oh, fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes! ¿Por qué no ejecutaste tu cruel ira, tus mudables ondas, en aquellos que a ti es sujeto? ¿Por qué no destruiste mi patrimonio? ¿Por qué no quemaste mi morada? ¿Por qué no asolaste mis grandes heredamientos?»

Pleberio (nombre que Rojas toma del latín plebs, clase común, fuera de los nobles, eclesiásticos y militares), representa en el mundo social de La Celestina la nueva clase ascendente del burgués acaudalado; el hombre que ha edificado torres, que ha plantado árboles con cuya madera fabricar barcos que el país necesita para sus nuevas empresas transoceánicas; el hombre, en fin, que ha adquirido honras en que asentar socialmente su recién ganada opulencia. Sobre su dolor de padre ante la hija muerta, se alza su desolación por la pérdida de la amada heredera de sus «grandes heredamientos». Todo ha sido en vano. El mundo, la vida misma, carece de sentido.

«Del mundo me quejo, porque en sí me crió; porque no dándome vida, no engendrara en él a Melibea; no nacida, no amara; no amando, cesara mi quejosa y lastimada postrimería. ¡Oh, mi compañera buena! ¡Oh, mi hija despedazada! ... ¿Por qué me dejaste cuando yo te había de dejar? ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste y solo en este valle de lágrimas?»

La Celestina no deja lugar a la esperanza. Todo valor ha sido destruido en ese mundo de Pleberio, nuevo orden social con que se abre el Renacimiento en Castilla, y en su lugar no queda nada; no queda ni siquiera la fe en «el vivir que es perdurable» que servía de consuelo a Jorge Manrique pocos años atrás. Es el nihilismo del converso Fernando de Rojas que se manifiesta de manera terrible en la total soledad del converso Pleberio.
Después de La Celestina no cabía una literatura que acogiera los valores de la riqueza y el desarrollo económico propios de la burguesía. Del mundo originario de la Tragicomedia de Calisto y Melibea no subsistirá en la literatura posterior otra figura que la de la alcahueta, Celestina, de cuyo nombre tomará título póstumo la obra de Rojas. Personaje que tendrá numerosas imitaciones en la literatura posterior, en estrecha relación con la picaresca.

* * *

Hasta bien entrado el siglo XVIII, más bien hasta sus postrimerías, no creo que pueda encontrarse en nuestra literatura ni una sola página en que se defienda una economía nacional basada en el trabajo y en el progreso científico. «Hacia el comienzo del siglo, dice Marañón, la península era todavía un inmenso país de mendigos, de nobles fanfarrones y de seudosabios discutidores y dogmáticos.» Pasando por alto actitudes críticas como las de Torres Villarroel y el P. Feijoo, reveladoras ya del espíritu ilustrado, fijamos nuestra mirada en las figuras señeras de Cadalso y Jovellanos para confortarnos con la lectura de algo así como una visión moderna de los yerros de nuestro pasado y las insuficiencias presentes del país en los órdenes científico, económico y social.

El Cadalso de las Cartas Marruecas -aun a despecho de su condición de militar- interpreta el fracaso de España en razón de las continuas guerras que la han arruinado, dejando yermo el país y destruyendo el hábito del trabajo.

«... los muchos caudales adquiridos rápidamente en Indias distraen a muchos de cultivar las artes mecánicas en la península y de aumentar su población.»

«¿Hablas de ciencias? En el siglo antepasado tu nación era la más docta de Europa, como la francesa en el pasado y la inglesa en el actual; pero hoy, del otro lado de los Pirineos, apenas se conocen los sabios que así se llaman por acá. ¿Hablas de agricultura? Ésta siempre sigue la proporción de la población. Infórmate de los ancianos del pueblo, y oirás lástimas. ¿Hablas de manufacturas? ¿Qué se han hecho las antiguas de Córdoba, Segovia y otras?»

En Jovellanos, como en Cadalso, predomina un patriótico deseo de reforma inspirado en las ideas de la Ilustración, en que ambos fueron educados. Pero Jovellanos no es tan sólo un ilustrado; en él se enlaza la tradición humanista española del XVI con las ideas de la Ilustración. Y en lugar de limitarse a señalar las causas de la decadencia del país, como hiciera Cadalso, dedica su vida al estudio de problemas concretos y a la forma de resolverlos. Su Informe sobre el expediente de ley agraria, escrito por encargo de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, por recomendación del Consejo de Castilla, constituye el más moderno alegato en favor de una reforma del régimen de explotación agraria que pudiera concebirse en su tiempo. Para ello, Jovellanos se ha ilustrado en la lectura de los economistas del momento: junto a representantes de la escuela fisiocrática francesa, como Quesnay y Turgot, las ideas liberales de división del trabajo y libre competencia de La Riqueza de las naciones, de Adam Smith.

«Que las tierras han llegado en España a un precio escandaloso; que este precio sea un efecto natural de su escasez en el comercio, y que esta escasez se derive principalmente de la enorme cantidad de ellas que está amortizada, son verdades de hecho que no necesitan demostración. El mal es notorio; lo que importa es presentar a vuestra alteza su influencia en la agricultura, para que se digne de aplicar el remedio.»

«Y en tal estado, ¿qué se podría decir del cultivo? El primer efecto de su situación es dividirle para siempre de la propiedad; porque no es creíble que los grandes propietarios puedan cultivar sus tierras, ni, cuando lo fuese, sería posible que las quisiesen cultivar; ni, cuando las cultivasen, sería posible que las cultivasen bien... como sucede en los cortijos y olivares cultivados por señores o monasterios de Andalucía...»

Pero Jovellanos no es, en su tiempo, sino un precursor del fracaso de la España posible. No era el clima espiritual de España propicio para una figura excelsa como Jovellanos, a diferencia de lo que ocurría en otros países de Europa. Sus propuestas chocarán, a un tiempo, con la temerosa reacción del reinado de Carlos IV, con la Inquisición , con los muchos enemigos que su Informe le había acarreado. Pocas figuras tan dramáticamente zarandeadas por los acontecimientos políticos de su tiempo: dos destierros más o menos encubiertos en su ciudad natal de Gijón, más el duro destierro de seis años en la isla de Mallorca, encarcelado en la cartuja de Valldemosa primero y en el castillo de Bellver después; las contradicciones vividas en la etapa napoleónica entre su toma de postura patriótica y la proximidad ideológica con el nuevo régimen, al que se habían adherido algunos de sus amigos (Francisco Cabarrús, Juan Meléndez Valdés, Moratín, entre otros) ; su participación en los trabajos de la Junta Central, en Cádiz, y su muerte en el puerto de la pequeña localidad asturiana de Vega, en 1811, en viaje de regreso a Cádiz, sin alcanzar a ver promulgada la Constitución de 1812.

Larra y Costa constituirán otros tantos testimonios de consciente aflicción por los yerros pasados y presentes de España. Al igual que Cadalso y Jovellanos, Larra mirará hacia fuera -hacia la Francia en que se había educado- en su pretensión de mejorar la sociedad española. Sólo que, a diferencia de la ironía de Cadalso y del entusiasmo reformador de Jovellanos, lo que caracteriza a Larra es el pesimismo, la visión profundamente amarga de la realidad nacional; y, consecuentemente, la acritud y violencia de su censura. Algunos de sus artículos de crítica social y política son terribles diatribas de los defectos del país.

«-¿Quién es usted? -le dijo al francés.
Y el francés, callado, que no entendía. Pidiósele entonces el pasaporte.
-¡Pues francés! -dijo el padre-. ¿Quién ha dado este pasaporte?
-Su Majestad Luis Felipe, rey de los franceses.
-¿Quién es ese rey? Nosotros no reconocemos a la Francia, ni a ese don Luis. Por consiguiente, este papel no vale. ¡Mire usted -añadió entre dientes-, si no habrá algún sacerdote en todo París que pueda dar un pasaporte, y no que nos vienen con papeles mojados! ¿A qué viene usted?
-A estudiar este hermoso país -contestó el francés con aquella afabilidad tan natural en el que está debajo.
-¿A estudiar, eh? Apunte usted, secretario; estas gentes vienen a estudiar; me parece que los enviaremos al tribunal de Logroño... ¿Qué trae usted en la maleta? Libros... pues... Recherches sur... al sur ¿eh? Este Recherches será algún autor de máximas; algún herejote. Vayan los libros a la lumbre. ¿Qué más? ¡Ah! Una partida de relojes; a ver... London... ése será el nombre del autor. ¿Qué es esto?
-Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.
-De comiso -dijo el padre, y al decir de comiso, cada circunstante cogió un reloj, y metióselo en la faltriquera. Es fama que hubo alguno que adelantó la hora del suyo para que llegara más pronto la del refectorio.»

Joaquín Costa lleva a cabo, en su tiempo, parecido intento al de Jovellanos en el suyo. Y como Jovellanos, tal intento acaba en fracaso político. Partiendo de la necesaria modernización agraria, Costa propondrá una acción política radical que saque España del siglo XV, en que se encuentra anclada, y le permita competir con naciones del siglo XX. Europeización inmediata, aunque sin desespañolizar:

«... tenéis que entrar en relación íntima, mercantil, intelectual y diplomática con Europa; más aún, tenéis que introduciros en la comunidad europea, europeizándoos, so pena de sucumbir, por ser el tipo de su civilización el que ha ganado la palma en el planeta; y he aquí mi ultimátum, el dilema en que os encierro: u os europeizáis, o sois europeizados; u os europeizáis por vosotros mismos, gradualmente, suavemente, conforme al genio de vuestra raza y a vuestras tradiciones, u os europeizarán los europeos mismos, pero a palos y cobrándose el servicio en millones de libras o de francos, en ventajas comerciales...»

Esto que decía Costa a comienzos de la centuria que ahora acaba resulta ser, desde nuestra actual perspectiva, una anticipación -una premonición, diríamos, sobre la que hemos de volver- de claridad meridiana. Y lo decía a propósito de Japón y China, pero lo aplica seguidamente a España, a la que llamará la China de Occidente.

«¿Veis ahora, señores, mi pensamiento, y lo que significaba en esta crisis mortal de nuestra España el concepto y vocablo europeización? Somos la China de Occidente, y nos hallamos en el instante decisivo de nuestra historia. Yo quería que imitásemos al Japón para no correr la suerte de China. Por desgracia, mientras nosotros nos reíamos del neologismo, que los japoneses acaban de acreditar por tan brillante manera, los sucesos se han precipitado y temo que llegamos tarde aunque nos pusiéramos inmediatamente en camino.»

Pero el fracaso político de Costa, de su propuesto Programa para un partido nacional, no lo es en el terreno de las ideas, de las influencias ideológicas en los escritores jóvenes de su tiempo: Unamuno, Azorín, entre los del 98; Ortega y Gasset, en la generación del 14. Tampoco lo es en la acción política de casi todo el siglo XX. El ideal del regeneracionismo ha presidido los afanes reformistas habidos en el siglo, desde la Dictadura de Primo de Rivera hasta el decisivo desarrollo posterior a la guerra civil, sin dejar atrás los fallidos planes de reforma de la segunda República y los del último cuarto de siglo.

En la obra de Ortega late en todo momento la preocupación por España, el problema de la regeneración del país; especialmente, de manera más explícita, en su obra de juventud, que recoge buena parte de las ideas y propuestas de Costa.

«Muchos años hace que se viene hablando en España de europeización: no hay palabra que considere más respetable y fecunda que ésta, ni la hay, en mi opinión, más acertada para formular el problema español. Si alguna duda cupiera de que así es, bastaría para obligarnos a meditar sobre ella haberla puesto en su enseña D. Joaquín Costa, el celtíbero cuya alma alcanza más vibraciones por segundo.»

«La palabra regeneración no vino sola a la conciencia española: apenas se comienza a hablar de regeneración se empieza a hablar de europeización. Uniendo fuertemente ambas palabras, D. Joaquín Costa labró para siempre el escudo de aquellas esperanzas peninsulares. Su libro Reconstitución y europeización de España ha orientado durante doce años nuestra voluntad a la vez que en él aprendimos el estilo político, la sensibilidad histórica y el mejor castellano. Aun cuando discrepemos en algunos puntos esenciales de su manera de ver el problema nacional, volveremos siempre el rostro reverentemente hacia aquel día en que sobre la desolada planicie moral e intelectual de España se levantó señera su testa enorme, ancha, cuadrada -como un castiello.»

Pero, a diferencia de otros herederos de las inquietudes de Costa, Ortega va a juzgar insuficiente el pensamiento de España desde una actitud de comprensión estética y emocional, como ocurre con los hombres del 98 -con Unamuno principalmente, por quien el Ortega joven siente verdadero entusiasmo-. El esteticismo en que se refugia el sentimiento de España en la literatura del 98, la descripción emocionada, intensamente lírica, de los paisajes de Castilla en Unamuno, en Azorín, en la poesía de la etapa soriana de Antonio Machado, no colman su exigencia intelectual de asumir en plenitud la circunstancia española. Ortega siente la necesidad de hacer filosofía desde esa circunstancia española, única forma de entenderse a sí mismo, ya que «el individuo no puede orientarse en el universo sino a través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.»
Así, toda la obra de Ortega es una honda interpretación de la realidad española, de la realidad europea que es España; y por Europa entiende pensamiento, ciencia, capacidad creadora.

«España es una posibilidad europea. Sólo mirada desde Europa, es España posible.»

Sin embargo, «Hoy estamos afrancesados, anglizados, alemanizados: trozos exánimes de otras civilizaciones van siendo traídos a nuestro cuerpo por un fatal aluvión de inconsciencia. El hecho de que importemos más que exportemos es sólo la concreción comercial del hecho mucho más amplio y grave de nuestra extranjerización. Somos cisterna y debiéramos ser manantial. Tráennos productos de la cultura; pero la cultura, que es cultivo, que es trabajo, que es actividad personalísima y consciente, que no es cosa -microscopio, ferrocarril o ley-, queda fuera de nosotros. Seremos españoles cuando segreguemos, al vibrar de nuestros nervios, celtibéricas sustancias humanas de significado universal -mecánica, economía, democracia y emociones trascendentales.

El pensamiento de Ortega sobre España coincide, en esto último, con Costa y -en mucha menor medida, por razones que no hacen al caso- con Unamuno. En ambos, la condición de la europeización de España ha de ser la de conservar lo propio. «Europeización, pero sin desespañolizar», dirá Costa. Unamuno, por su parte, tronará:

«... tengo la profunda convicción de que la verdadera y honda europeización de España, es decir, nuestra digestión de aquella parte de espíritu europeo que pueda hacerse espíritu nuestro, no empezará hasta que no tratemos de imponernos en el orden espiritual de Europa, de hacerle tragar lo nuestro a cambio de lo suyo, hasta que no tratemos de españolizar a Europa.»

Resumiendo: si hasta finales del siglo XVIII los temas de economía están ausentes de nuestra literatura, a partir de ese momento lo que aparece en algunos de nuestros más eminentes escritores es algo más radical. Es el tema de España como problema, el sentimiento «agónico» de España, de su decadencia, de las reformas pendientes, de la regeneración y europeización necesarias -más bien de la nivelación de lo español con lo europeo-.

Está también la novela realista del último tercio del XIX, y la naturalista; novelas en las que aparece una amplísima representación de la sociedad española, con predominio de sus clases medias. Nos referimos, claro está, al Clarín de La Regenta y, sobre todo, al Galdós de Fortunata y Jacinta o de Lo prohibido. Hay en Galdós una voluntad de abarcar la realidad con la máxima amplitud y complejidad posibles, en lo humano como en lo social; de tal manera que se ha hablado, con plena justificación, del realismo total de la obra de Galdós.
Pero el camino trazado por Galdós no tuvo su deseable continuación en los jóvenes escritores de la siguiente generación. Es bien sabido cómo llegó a ser tachado de garbancero por el más deslenguado de ellos, a pesar del respeto y consideración que, en general, le dispensaron. Tal vez los trágicos acontecimientos del 98 desviaron definitivamente el normal curso de nuestras letras, como desvió el de nuestra propia vida política, para ocuparse obsesivamente del «problema de España», de la búsqueda de «el alma de España».

* * *

Este apresurado y -por razón del tema y necesidad de espacio- limitado recorrido por nuestras letras ha tenido el modesto propósito de verificar el secular distanciamiento existente en nuestra cultura entre la economía, entendida como generación de riqueza, y el mundo de las letras, junto con las circunstancias históricas que han rodeado esta situación. Así, nuestros escritores han solido esquivar el tratamiento de la dimensión económica de la vida humana, cuando no fustigarla. Durante siglos, y con pocas excepciones, ha vivido la literatura española ajena a toda preocupación económica. Y consecuentemente, los llamados hombres de negocios, industriales, empresarios han desdeñado llevar sus reflexiones, sus demandas o sus propuestas a la letra impresa, con el resultado de un empobrecimiento mutuo que ha afectado a la cultura española en su conjunto. Los desequilibrios sociales y políticos del país desde cierto momento de su desarrollo -en el siglo XV lo situaba J. Costa- hasta tiempos bien recientes serían las causas de ese fenómeno.
Diríase, pues, que una normal relación entre la concreta actividad económica o empresarial y su adecuada proyección en nuestras letras exigía un cierto nivel de desarrollo socioeconómico -la superación de los graves desequilibrios del pasado-, con la consecuente estabilización del clima político y moral del país. Pues bien, esto es lo que, contemplada esa relación desde la vertiente empresarial, representa la figura de Francisco Rodríguez en el panorama social español de los últimos cuarenta años.
No sabría decir si predomina en la personalidad de Francisco Rodríguez la vocación empresarial o la reflexión intelectual. Desde que lo conozco, va ya para medio siglo, le he visto alternar ambas vocaciones con idéntica pasión y entrega. De tal manera que constituye un singular ejemplo de esas claras personalidades de recto trazado; quiero decir que su proyecto de vida ofrece esa imagen de continuidad y congruencia desde sus años de formación hasta los de madurez que sólo en seres dotados de firme vocación puede darse. La mayoría de los humanos suelen orientarse a tenor de las circunstancias, acudiendo allí donde la oportunidad se les muestra más favorable, sin mejor propósito que el de vivir lo más satisfactoriamente que su buena fortuna y su capacidad les permitan. Pocos son quienes toman su propio destino en sus manos y lo llevan a término, quienes eligen su misión como argumento y justificación de su vida, imponiéndola en cualquier circunstancia con voluntad firme.
Coincidí con Francisco Rodríguez, allá en nuestra mocedad, en las aula del bachillerato. No fijé mi atención en él hasta unos días después de comenzado el curso, cuando la lectura en clase de una redacción suya de carácter literario me hizo ver la voluntad de estilo y recia personalidad que en aquel adolescente asturiano de ojos claros asomaba. En aquella etapa de formación, era patente en él la admiración por todo cuanto revelase excelencia de estilo y de pensamiento, y ese rasgo le ha acompañado a lo largo de su afanosa vida; diríase que ha orientado su acción empresarial, pues todo cuanto ha hecho en el terreno industrial ha estado presidido por la reflexión, el rigor y la exigencia.
Los muchos y variados escritos que aquí se reúnen revelan la continuidad de su autor en esa doble vertiente de su carácter que he señalado. Ahora bien, conviene advertir que acción empresarial y reflexión intelectual no marchan paralelas, por separado, en el quehacer de Francisco Rodríguez. No se trata en este caso de la figura del empresario que, fuera de su quehacer, escribe para dar satisfacción a una vocación soterrada. Lo que realmente sucede es que se trata de dos ingredientes constantes de su vida; de una rica personalidad que necesita integrar en su vida real y diaria todo cuanto hace, piensa y siente. Y eso explica la singular característica que en sus escritos se advierte a primera vista: la variedad de registros y temas. Porque, de una parte, Francisco Rodríguez ha ido escribiendo a tenor de cuanto en la vida le ha acontecido; y de otra, ha sentido la necesidad de transmitir ideas, preocupaciones, necesidades derivadas de su dedicación a la industria láctea; no sólo en el plano subjetivo y personal de esa dedicación, sino en el del constante esfuerzo por superar las muchas dificultades objetivas que ha llevado aparejado el desarrollo de esa industria en un país que carecía de tradición en el sector.
Cuando en 1960 inició Francisco Rodríguez su incierta andadura empresarial, había en España una producción tradicional de quesos y mantequilla prestigiosa, aunque limitada; sin embargo, casi todo estaba por hacer en el terreno de la producción de leche y de su industrialización a gran escala, mientras que nuestros países vecinos del norte contaban con una ubérrima ganadería y una industria transformadora de avanzada tecnología y sólida implantación. A partir de entonces, y a lo largo de los veinticinco años siguientes, el sector lácteo español fue experimentando un continuo desarrollo que contribuyó decisivamente al progreso de las regiones del norte, principalmente. Pues bien, es fácil suponer la multitud de problemas de todo tipo que tal desarrollo habría de sortear: problemas de capitalización y de tecnología; problemas de política agraria y de legislación; problemas de organización empresarial y de consumo.
Traigo esto a propósito de lo dicho anteriormente; los escritos de Francisco Rodríguez muestran buena parte de los problemas que el sector lácteo ha tenido que ir resolviendo a lo largo de ese período señalado, entre 1960 y 1985. De ahí la importancia que un libro como éste reviste como fuente historiográfica del período que comprende, pues no se trata de fríos datos numéricos o estadísticos sobre el sector lácteo español, sino de algo que, como señalaba al principio, es bien raro entre nosotros: el testimonio de primera mano, vivencial y a compás del tiempo, de uno de sus más destacados protagonistas.
Ahora bien, es a partir del momento en que se produce el ingreso de nuestro país en la Comunidad Económica Europea (CEE) cuando el sector lácteo español -tanto el de producción ganadera como el de transformación industrial- va a enfrentarse con un problema de muy diferente carácter a los que hasta entonces había ido resolviendo satisfactoriamente. Se trataba de un problema primordial que afectaba a la supervivencia misma del sector y cuyo control excedía a las posibilidades de los industriales y ganaderos afectados.
Si hasta ese momento del ingreso en el mercado comunitario se había seguido el camino correcto de hacer Europa desde España, es decir, desde la aceptación del desafío económico e industrial en condiciones de igualdad con los países comunitarios, a partir de entonces se invertía la marcha, imponiéndose al sector lácteo español la obligación de competir con el de los restantes países de la CEE en condiciones de ominosa desventaja. Esas condiciones no tenían, en realidad, otra conclusión posible que la entrega del mercado español a los ganaderos e industriales de dichos países. Y para hacer más intolerable, en el plano moral, la situación, desde el poder político que había consumado tamaño desatino se decía que había que dar la batalla por la competitividad.
Había ocurrido lo que nuestros regeneracionistas de comienzos de siglo, los decididos partidarios de la europeización de España, habían tratado de evitar con sus advertencias de europeización inmediata, pero sin desespañolizar, de europeizarnos conforme al genio de nuestra raza para que no nos europeícen los europeos mismos, «cobrándose el servicio en ventajas comerciales...» (Costa); de que seamos «manantial y no cisterna», pues «el hecho de que importemos más que exportemos es sólo la concreción comercial del hecho mucho más amplio y grave de nuestra extranjerización.» (Ortega).
Pues bien, en lo que al sector lácteo se refiere, no sólo nos traerían productos de la cultura -de la cultura de ellos, de alemanes, franceses, holandeses, daneses...-, sino que, para hacerles más fácil entrega de nuestro mercado, habíamos de dejarlos de producir nosotros; habíamos de abandonar nosotros esa cultura de la producción, del trabajo, de la actividad personalísima y consciente que es atributo irrenunciable de un pueblo vivo y soberano; habíamos de arrojar por la borda todo lo conseguido en un cuarto de siglo de esfuerzo continuado, con las dolorosas consecuencias económicas y sociales de todos conocidas en cifras de paro, ruina empresarial y repercusión en la balanza de pagos.
Pero es que, a partir de ese momento a que me estoy refiriendo -la adhesión de España a la CEE, en 1986, en condiciones de indignidad nacional-, la valoración de nuestra política europea pasó a medirse, no en función del resultado de nuestra balanza de pagos, sino del montante de las ayudas o subvenciones que, bajo el eufemismo de fondos de cohesión, pudieran obtenerse de las arcas comunitarias. Así, al tiempo de redactar estas líneas, en el decimocuarto año de adhesión, nuestra balanza de pagos arroja un déficit de tres billones de pesetas anuales, sólo compensados mediante los ingresos estacionales del sector turístico. Quiere decirse que, en las negociaciones para nuestra adhesión a la CEE, se tuvieron en cuenta los ingresos por turismo -algo que ya teníamos, que no dependía en absoluto de nuestra pertenencia o no pertenencia a la Comunidad- como elemento equilibrador de nuestra balanza de pagos. ¿Cabía mayor torpeza y entrega en los responsables políticos de aquella negociación?
Una vez más en nuestra historia, en un momento decisivo para el futuro de los españoles como colectividad nacional, los responsables de nuestros destinos elegían el camino del medro fácil, del sometimiento a intereses extraños, del desequilibrio de nuestro sistema de producción. Porque no otra cosa significa el hecho de someter buena parte de la riqueza del país a una nueva amortización, más dañosa que la que, a finales del XVIII, denunciaba Jovellanos. Entendíase entonces por amortizar pasar los bienes a manos muertas, es decir, sustraerlos a la circulación por estar adscritos a determinada persona física o jurídica, situación de la que se derivaba su escasa productividad; y eso es lo que ha venido a suceder con buena parte de nuestros bienes, especialmente del campo. Han quedado tales bienes amortizados en virtud de las restricciones de las normas comunitarias. Y si en la amortización del Antiguo Régimen, anterior a las leyes desamortizadoras del XIX, los bienes no rendían por causa de su escasa o nula explotación, por encontrarse en poder de manos muertas, en la amortización que hoy padecen son las restricciones comunitarias las que imponen los bajos rendimientos.
Las restricciones de la producción de leche han supuesto, en realidad, una expropiación forzosa de la capacidad transformadora de nuestras industrias, de sus cuantiosas inversiones, de sus puestos de trabajo. Expropiación forzosa en la que no se ha seguido ninguna de las garantías jurídicas ni de las compensaciones exigibles en un Estado de Derecho. Y no sólo no se sometió a referéndum el tratado de adhesión que tan graves consecuencias acarreaba, sino que ni siquiera se debatió en las Cortes; se pasó como de puntillas sobre decisión de tanta trascendencia para el futuro del país, y se aprobó por consenso. El país, la opinión pública española, permaneció ignorante del tema, en contraste con otros países -Reino Unido, Irlanda, Dinamarca, Noruega- en que la propuesta de adhesión se había sometido a amplios debates seguidos de referéndum -en Noruega el resultado fue negativo-. Igual aconteció con el Tratado de la Unión Europea, o Tratado de Maastricht, en febrero de 1992. No se convocó en España referéndum para su aprobación, a pesar de que una disposición del Tratado establecía que, antes de su ratificación, que se produjo en octubre de 1993, los electores de cada Estado miembro tenían que aprobar la Unión Europea por referéndum.
Mucho me impresionó en su día la lectura de Las almas muertas, de Nicolás Gogol, y no puedo evitar que venga a mi memoria cuando considero el estado de cosas a que hemos llegado por imperativo de las condiciones que la Unión Europea nos impone, con el acuerdo de nuestros políticos. En aquella novela inconclusa, un pícaro alto funcionario, Paviel Ivanovich Chichikov, consejero de Estado, recorre los campos de Rusia, las grandes fincas señoriales, comprando siervos fallecidos pero aún no censados como tales -comprando meras listas de nombres; se llamaba en Rusia almas a los siervos rurales-, con el objeto de especular con ciertas subvenciones estatales.
Pues bien, andamos hoy en España especulando con las ayudas comunitarias a tal o cual cultivo, a esta o la otra producción -o a su abandono, real o fingido-, sin que las leyes del mercado ejerzan su saludable tarea de selección, y nos llamamos hipócritamente a escándalo cuando aparecen casos de picaresca o corrupción en torno a estas prácticas. ¿Pues qué? ¿No es todo esto de las ayudas comunitarias una gigantesca picaresca urdida, no por nosotros, los pícaros mediterráneos, europeos del sur, sino por los pretendidamente serios europeos del centro y el norte del continente? Nuestra picaresca no es sino ingenuidad -lo aprendí cuatro décadas atrás, en el estudio de Lazarillo, de la mano de don Francisco Maldonado de Guevara, maestro incomparable-, mientras que la de ellos es sagacidad; consciente, lúcida, tramada sagacidad.
Parte de las ayudas comunitarias no son, en realidad, tales ayudas. Son, más bien, compensaciones a cambio del abandono de nuestra producción en sectores en los que otros países comunitarios -los países nucleares de la Unión Europea- son excedentarios. Pero, como Francisco Rodríguez ha señalado en incontables ocasiones, en esos otros países no se abandona la producción, por muchos excedentes que se acumulen. Porque abandonar la producción -llámese, en nuestro caso, sacrificar vacas de leche; llámese imponer multas por producir esa leche que falta y que la industria y el consumo necesitan; llámese, en fin, provocar la desindustrialización del país mediante la imposición de altos tipos de interés- supone destruir puestos de trabajo.
Ahora bien, el coste social y económico del paro no lo soporta la Unión Europea en su conjunto, sino que lo soportan los países; en nuestro caso, lo soporta España, lo soporta el sistema de seguridad social español, lo soportan los españoles y españolas, conciudadanos, hermanos nuestros. Si algún día nuestro sistema de seguridad social quebrase o se resintiese -y ya ha sufrido una primera devaluación con la fijación de las pensiones máximas, que ha sido, en realidad, una expropiación de cotizaciones satisfechas por los trabajadores afectados-, no vendrán los restantes países comunitarios a inyectar fondos en él para garantizar las pensiones de los españoles. Dirán, simplemente, que los españoles son malos administradores; que trabajan poco y viven por encima de sus posibilidades. Porque los ciudadanos jubilados de esos países seguirán percibiendo sustanciosas pensiones -precisamente las que su capacidad productiva les garantiza- y seguirán viniendo a disfrutarlas a orillas de nuestro Mediterráneo, en espléndidas urbanizaciones servidas por mano de obra abundante y razonablemente barata. Y nuestros políticos, constituidos en clase social dominante, en nueva aristocracia, dirán al pueblo que, en un país de servicios, como es el nuestro, el sector turístico es una bendición porque equilibra nuestra balanza comercial; y que esa bendición se debe a su previsión al negociar las condiciones de nuestra adhesión a la CEE en 1986, y al tratado de Maastricht, y a lo que viniere.
Los escritos de este segundo período giran, fundamentalmente, en torno a este tema. Nadie como Francisco Rodríguez ha clamado tanto en contra de la situación impuesta al sector lácteo, contribuyendo decisivamente a que cierta opinión pública tome conciencia de ello. Tales escritos son, por su claridad y por su contundencia en argumentos y datos, auténticos aldabonazos en las mentes de los españoles y en las conciencias de sus responsables -en este caso, no sólo españoles, sino también socios comunitarios-. En las mentes de los españoles, porque nuestra opinión pública ha padecido y padece una más que lamentable desinformación oficial sobre los aspectos negativos de nuestra pertenencia a la Unión Europea; en las conciencias de sus responsables, dentro y fuera de España, porque tales responsables conocen y callan, por conveniencia política los de aquí y por conveniencia comercial los de allí, tales aspectos.
Permítaseme citar un ejemplo acerca de esto último. En la conferencia pronunciada por Francisco Rodríguez en París, con motivo de la Asamblea anual de ATLA, tras destacar que Europa es apetecible en tanto que dignidad -la dignidad de sentirse europeo-, se señala que esa dignidad se compromete cuando alguien la somete a desigual reparto. Ahora bien, la imposición de cuotas según países, cuando tales cuotas no respetan las necesidades de la producción y el consumo de cada país, no sólo altera las reglas del mercado -un mercado en el que son los Estados quienes compiten, no las empresas-, sino que establece un desigual reparto del derecho a producir aquello que el país demanda y, en definitiva, atenta de raíz contra la libertad en su sentido más amplio. No cabe más implacable razonamiento, por rigurosamente lógico, ni más severa censura en el plano político y moral a la construcción de Europa desde la perspectiva egoísta de determinados intereses comerciales.
Porque es lo cierto que la construcción europea nada tiene que ver con las mezquinas luchas de intereses comerciales que primaron en las negociaciones para el ingreso de nuestro país en 1986. Ingreso que se produjo por empeño de los políticos; tal vez porque lo consideraron cuestión de prestigio nacional, o tal vez porque creyeron que nuestros más agudos problemas políticos se disolverían con la ampliación de fronteras, en el más amplio marco de la construcción europea, o porque ante ellos se abría un nuevo territorio de representación política más que apetecible, o sea, por interés corporativo. Tal vez, en fin, por ese conjunto de motivos. El caso es que España estaba vinculada a la CEE por un tratado comercial preferencial que venía funcionando desde 1970 con efectos enteramente beneficiosos para nuestra balanza de pagos y, consecuentemente, para nuestro desarrollo. Nuestro ingreso en las condiciones pactadas produjo, en cambio, el efecto inmediato de invertir el balance, que pasó a ser negativo. En 1985, año anterior a nuestro ingreso en la CEE, nuestra balanza de pagos con los países comunitarios arrojaba un superávit de 269.000 millones de pesetas. En 1986, año del ingreso, pasó a ser de 194.000 millones de déficit. En 1987, el déficit ascendió a los 381.000 millones; en 1988, a 924.000 millones; en 1989 superó el billón; en 1991 sobrepasó los 2 billones; en 1999 estamos en los 3 billones de déficit en el total de la balanza comercial española.
Y esto nos introduce en el siguiente de los temas denunciados en la conferencia de París que comentamos: el tema del liberalismo comercial. Un mal entendido liberalismo, según el cual la competencia comercial puede funcionar al margen, o con independencia, de las condiciones de producción. Tal liberalismo, practicado principalmente por grandes grupos de distribución y venta, puede llegar a mover enormes cantidades de mercancías procedentes de países en que los costes salariales y sociales no guardan proporción alguna con los que rigen en los países occidentales. Ahora bien, las importaciones de tales productos en un determinado país ponen en peligro los sectores afectados del mismo, en beneficio de otros países que saben protegerse de tales prácticas. Y téngase en cuenta que, cuando decimos que se pone en peligro determinados sectores de producción, no nos estamos refiriendo tan sólo -ni principalmente- a las inversiones de capital, sino también -y sobre todo- a los puestos de trabajo. Pues, en definitiva, la producción y venta de bienes de consumo sólo tiene sentido cuando promueve un trabajo con cuyos salarios se sostiene precisamente dicha producción.
Cuando Francisco Rodríguez defiende la idea de que todo liberalismo que no comience por exigir la homogeneidad de las condiciones de producción no es propiamente liberalismo, no está haciendo ningún ejercicio dialéctico en contra de la libertad de comercio, sino reclamando unos criterios de realismo económico que muy a menudo suelen faltar entre quienes hacen economía de salón o de tertulia.
Resulta comprensible el apasionamiento que en nuestro tiempo suscita la utopía liberal, cuya realización práctica ha producido tanto desarrollo económico, científico y tecnológico en las dos últimas centurias. De ahí la seguridad y firmeza con que en determinados círculos se preconiza la más plena libertad de movimientos de capitales, mercancías y mano de obra por todo el planeta. La utopía atrae por su doble pureza: la dialéctica y la moral.
Ahora bien, la práctica de la economía liberal -precisamente la que ha contribuido al desarrollo a que asistimos en nuestro tiempo- es cosa sólo en parte coincidente con la utopía sobre la que se asienta y a la que, en última instancia -en algún punto del horizonte histórico-, tiende. Esa práctica liberal exige luchar día a día, sin posible tregua, con la realidad económica, teniendo que producir, competir y vender; manteniendo el desafío constante de las renovaciones tecnológicas y de la diversificación de la producción que permita atender las demandas del mercado en aquellos productos de mayor valor añadido; y que permita, cómo no, satisfacer las inexorables exigencias financieras. Exige, en definitiva, hacer posible ese desarrollo que tan natural parece al ciudadano medio de nuestro tiempo, como si llovido del cielo fuera, al tiempo que se procura la creación de puestos de trabajo que permitan al mayor número posible de ciudadanos de un país determinado acceder a los beneficios de la sociedad de consumo. Pues no conviene olvidar la idea principal de cuanto llevamos dicho: que los puestos de trabajo -y las pensiones, que son su correlato- se defienden de fronteras adentro, y que sólo se defienden aumentando la capacidad productiva del país. Por lo mismo que las importaciones masivas de productos de terceros países en los que las condiciones de producción distan mucho de las nuestras, al competir deslealmente, no hacen sino destruir puestos de trabajo.
Ya desde mucho antes del ingreso de España en la CEE, denunciaba Francisco Rodríguez la profusión de normas administrativas que, en definitiva, convienen sólo a unos pocos, teniendo los demás que apartarse de ellas para poder sobrevivir. Pues el exceso de normas administrativas, es decir, el burocratismo, sí es algo que se opone frontalmente al liberalismo, en tanto que limita la libertad de producción y la libre competencia dentro de un ámbito concreto de mercado. Pero la exigencia de homogeneidad en las condiciones reales de producción, lo que equivale a decir lealtad en la competencia, no sólo no se opone al liberalismo, sino que es su requisito.
Una última consideración en relación con ese liberalismo del empresario o lealtad en la competencia que reclama Francisco Rodríguez nos lleva al tema de la competencia desleal dentro mismo de nuestras fronteras. Deslealtad más lamentable que la que se practica en el ámbito internacional, por sus más graves consecuencias y por las alarmantes dosis de irracionalidad que revela en el seno mismo de nuestro sistema comercial y político. Nos referimos, claro está, a las intervenciones proteccionistas que ciertos gobiernos autonómicos vienen practicando con el aparente buen propósito de sostener empresas insostenibles.
Tenemos los españoles una larga experiencia en esto de las empresas estatales -me refiero a las del viejo INI- que, en algunos casos, tenían una justificada razón de ser porque cubrían vacíos de servicios indispensables allí donde la iniciativa privada no alcanzaba a cubrirlos, pero que en otros carecían de toda utilidad pública; o bien, que estuvieron justificadas en su origen, pero acabaron por resultar inconvenientes con el correr del tiempo. Servían, eso sí, para colocar en puestos bien remunerados a políticos del momento, que de esta manera se convertían en sus más esforzados defensores. Y así se fue gestando en una parte de nuestra clase política una anti-ética del servicio a la cosa pública que se ha ido renovando y diversificando de muchas formas y maneras en los últimos tiempos.
La existencia de una gigantesca empresa láctea de titularidad estatal constituyó durante muchos años el principal obstáculo en el desarrollo de las industrias lácteas de titularidad privada. Se trataba, sin embargo, de una única empresa y de alguna manera se encontraba delimitada y controlada, en el sentido de que sus operaciones resultaban previsibles, se sabía lo que de ella podía esperarse. Lo peor ha venido con las administraciones autonómicas, que en ciertos casos han sustituido a la Administración central en las prácticas proteccionistas de determinadas industrias lácteas de carácter regional, prácticas que no son sino resultado de clientelismos políticos de los partidos dominantes en tales comunidades. Y como siempre ocurre cuando la intervención estatal sustituye a las leyes del mercado, las consecuencias son absolutamente lesivas para todo el conjunto de la industria láctea española.
Comienzan tales industrias protegidas por pagar la materia prima a mayores precios que los que rigen en el mercado -un mercado abierto a las importaciones procedentes de la Unión Europea-, con lo que se produce el acaparamiento de esa materia prima existente dentro de nuestras fronteras. Ahora bien, al no poderse vender la leche industrializada a los precios resultantes -nuevamente entra en juego el menor precio en el mercado de los productos lácteos de importación-, se ven forzadas a bajar los precios por debajo de los costes directos de producción, con lo que tales empresas entran en enormes pérdidas. La única solución, entonces, para evitar las quiebras, son las subvenciones a cargo de las comunidades autónomas en sus múltiples formas. Pues asistimos últimamente a una nueva forma de solapada subvención que consistiría en lo siguiente: emiten las mencionadas empresas deficitarias ampliaciones de capital que suscriben las Cajas de Ahorros regionales vinculadas al poder político autonómico.
He aquí cómo de aquella gigantesca industria propiedad del INI, una vez privatizada y fragmentada, han surgido diversos mini-inis patrocinados por los políticos autonómicos como fuente de votos del campo, que a la postre resultan mucho más gravosos para la industria privada que la primera. Pues en un mercado en el que hay que competir, a la vez, con las marcas de importación y con las de las industrias subvencionadas, no es posible subsistir sino mediante alardes de imaginación y de diversificación de la fabricación hacia nuevos productos. Derívase, además, de tales prácticas un debilitamiento de la industria láctea en su conjunto de tal gravedad que podría acarrear, a la larga, su total desaparición, en favor de los competidores extranjeros. Eso se llama, sencillamente, hacerles el juego y facilitarles el objetivo que con la fijación de cuotas se propusieron. Una vez más la picaresca española, la nunca suficientemente denostada, insensata picaresca española, jugando en contra de los intereses del país.
La situación creada por las condiciones de nuestro precipitado ingreso en la CEE -atendiendo a razones estrictamente políticas y desdeñando enteramente nuestros intereses económicos, conviene repetirlo cuantas veces sea menester- es de tal complejidad y gravedad, que desde medios de opinión que hasta hace poco tiempo mostraban una posición favorable hacia las referidas prácticas paternalistas se muestra un cambio de postura derivado del reconocimiento de una realidad que antes ignoraban, o más bien se empeñaban en ignorar, encastillados en su defensa de posiciones dogmáticas. En la sección de Empresas de un diario nacional de gran tirada, beligerante durante años en favor del intervencionismo y decididamente contrario a las tesis mantenidas por Francisco Rodríguez, aparecen ahora en grandes titulares los «fracasos en las cooperativas del Cantábrico»; y en la letra menuda, las razones de esos fracasos, en términos que constituyen un cambio radical en la línea de opinión del diario, tenazmente mantenida durante años.
En otro diario, éste de ámbito asturiano, al analizar en un extenso editorial las circunstancias del fracaso de una de las mayores cooperativas del país, se llega a afirmar que la viabilidad de dicha empresa consiste en seguir los pasos marcados por Francisco Rodríguez, dirigiendo el negocio hacia «la venta de derivados de leche, cuyo rendimiento es muy superior al de la leche líquida».
Ahora bien, seguir los pasos marcados por Francisco Rodríguez, ¿desde cuando?, cabría preguntar. Pues, como el lector de buena fe puede comprobar, este empresario asturiano que ahora parece poseer la piedra filosofal lleva muchos años haciendo públicas sus propuestas; tratando de orientar y orientando a quienes se han dignado escucharle; advirtiendo sobre los gravísimos riesgos del ingreso en la Europa Comunitaria sin cláusulas de salvaguardia para nuestra industria láctea, en tanto se establecieran las condiciones de homogeneidad necesarias; pidiendo que nuestro ingreso se negociara sector por sector, no globalmente, como se hizo contra toda prudencia y conveniencia. Exigiendo, en nombre del sector, la renegociación de la cuota láctea, como finalmente se ha hecho con algún éxito desde posiciones políticas de mayor realismo, pragmatismo y patriotismo que en el pasado. Seguir esos pasos, en rigor, exigiría retrotraerse a tiempos pretéritos hasta confluir en el presente, lo que sólo puede hacerse de manera virtual; pero hacerse, al fin y al cabo, aplicándose a la lectura de sus escritos aquí contenidos.
Porque para saber que la especialización de la producción resulta en gran manera conveniente, necesaria incluso, en una economía libre basta con leerse -o releerse- las ideas liberales de división del trabajo y libre competencia contenidas en La Riqueza de las naciones, de Adam Smith, libro que, según creemos, todos nuestros empresarios deben conocer al dedillo, como el catón.

* * *

Cuando Ortega reclamaba, allá por el año 1910, que los españoles seamos europeos desde nuestra condición de españoles, no importando productos de la cultura europea, sino produciéndolos nosotros como europeos que somos -la cultura, que es cultivo, que es trabajo, que es actividad personalísima y consciente, que no es cosa, recordemos que decía- estaba reclamando, al tiempo que un nuevo talante intelectual, una nueva cultura económica y empresarial. Estaba reclamando, según pienso, la superación de esa grave fractura cultural que ha mantenido distanciadas y como ajenas entre sí nuestra reflexión intelectual y nuestra actividad económica. Reclamaba, como antes lo hiciera Joaquín Costa, ser europeos en tanto que españoles. Pues bien, interroguemos a Francisco Rodríguez, que algo sabe de esto.


Joaquín de Alba

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