30/10/08

Presentación de la novela "El viejo río grande", de Miguel Higueras Cleries

Presentación de la novela El viejo río grande, de Miguel Higueras Cleries



He aquí que Miguel Higueras Cleries, tras una larga y brillante trayectoria profesional como periodista, vuelve a Palma; vuelve a la tierra de sus mayores, a la tierra que le vio nacer y en la que adquirió ese sentido de la existencia que tan sólo se logra en los primeros años de vida. Me refiero a esa conciencia colectiva que nos vincula a un pueblo, a una cultura determinada y nos acompaña a lo largo de toda la vida.
Pues bien, según tendremos ocasión de ver poco más adelante, ese sentido colectivo de la existencia o personalidad popular es algo que late de manera constante, y a modo de fondo general, en la novela de Miguel Higueras que hoy nos ocupa; de fondo paisajístico, de fondo popular, social y moral.
Pero cuando digo que Miguel vuelve a Palma, ya imaginaréis que no me refiero a su presencia física. Lo que vuelve es su talento literario, su actividad creadora como autor de admirable pluma y de fecundísima imaginación. Y vuelve —hablando con entera propiedad— porque aquí fue donde se fraguó su afición a la literatura y donde vieron la luz sus primeros escritos adolescentes.
Fue en Palma, en aquella entrañable revista que vio la luz a lo largo de cuatro años, entre los meses de junio de 1959 y de 1963, y que se llamó Guadalgenil, en la que los jóvenes de entonces realizamos nuestros primeros pinitos literarios animados por el afán entusiástico de aquel Andrés Moreno de Rivas que fuera, al mismo tiempo, fundador, redactor jefe, impresor y alma de la revista.
Pues bien, los primeros escritos literarios de Miguel vieron la luz en la revista Guadalgenil en noviembre y diciembre de 1962 y en enero y mayo del 63, fechas en las que nuestro autor no había cumplido sino diecinueve años. Se trataba de tres cuentos titulados Sinfonía en gris, Pedante a ratos y Soleares, más un artículo titulado La primera misa del gallo.
Recuerdo el entusiasmo con el que Antonio Uceda —otro gran periodista palmeño— me transmitió su sorprendido elogio de la brillantez literaria de Miguel Higueras tras la aparición del primero de los títulos. Uceda fue capaz de anticipar ya, en aquellos inicios, la brillante carrera de escritor que se le abría al adolescente que era por entonces Miguel Higueras.

Novela

Estamos, pues, ante una novela; la primera novela escrita por Miguel en esta su nueva etapa de creación literaria, etapa que la vida nos abre generosamente para que podamos completar algo de aquello que siempre deseamos hacer pero que no tuvimos tiempo de hacer durante los años de más intensos afanes.
Pero decir novela no es decir gran cosa. Porque vosotros sabéis que hay muchas clases de novelas, como sabéis que la novela es el género en que ha brillado de especial manera el talento literario de los españoles; y que, si nuestro Miguel de Cervantes inventó la novela moderna, nuestro Pérez Galdós alumbró la novela contemporánea en lengua española al tiempo que Balzac lo hiciera en lengua francesa.
Hay muchas clases de novela, sí; hay más clases de novela de lo que, a primera vista imaginamos. Si desde el campo de la teoría literaria se ha dicho que la novela es un género proteico, nuestro Pío Baroja, con su magistral llaneza de palabra, ha dicho que la novela es un «saco donde cabe todo».

Expresionismo

Pues bien, yo diría, para comenzar, que la novela que aquí nos trae destaca, en lo formal, por la pureza y modernidad, a un tiempo, de su estilo narrativo, y, en su contenido, por analizar y exponer los hechos concretos con garra de gran novelista; con sencillez y franqueza y, en ocasiones, con hiriente agresividad. Veámoslo:

La escena con que se inicia la narración nos sitúa en un prostíbulo regentado por Rita Centeno, una meretriz vieja trazada con rasgos propios de lo que, referido a nuestra novela picaresca y celestinesca del Renacimiento y el Barroco, al igual que a los grabados y pinturas negras de Goya en las artes plásticas, se ha dado en llamar realismo y que otros preferimos denominar expresionismo, valga decir exageración o deformación grotesca de la realidad.
El propio Goya, en una proclama que debía acompañar a la edición de los Caprichos, decía “que había escogido asuntos que se prestaban a presentar las cosas en ridículo, a fustigar prejuicios, imposturas e hipocresías consagrados por el tiempo.”
Vayamos, pues, a los textos:

El retrato de José Moreno Rubio, El Grajo, uno de los personajes episódicos de la novela, resulta por demás característico de ese estilo descriptivo que hemos llamado expresionismo.
«... El Grajo se levantó al amanecer de su camastro como lo hacía todos los días del año: con la comezón habitual en la garganta y el regusto a tabaco, áspero y amargo, en el paladar, todavía sin acabar de despertarse y apremiado a descargar a la puerta de su tapichoza la rebosante plenitud de su vegiga.
»José Moreno Rubio vivía con un par de perros, media docena de cabras, dos docenas de gallinas y un número indeterminado y variable de conejos en la chabola de paredes de ladrillo y techo de paja, que se alzaba en una esquina de la parcela de la que era dueño, a un cuarto de kilómetro de las tapias del cementerio.
»No se sabía si su cara era renegrida o la tenía siempre sucia, se tapaba con una astrosa gorra de visera la pelambrera que casi le llegaba a las hombreras de la chaqueta deshilachada, le arrastraba una de las perneras del sucio pantalón de pana y la otra le quedaba corta y calzaba unas botas embarradas con las suelas despegadas.
»El Grajo, que comía de lo que criaba y sacaba dinero para el aguardiente de la leche de sus cabras, de los huevos de sus gallinas y de la venta ocasional de alguno de los conejos, le debía su apodo a su picuda nariz, a su cara ennegrecida, al torvo aspecto de su figura y al tétrico vecindario de su vivienda.» (Págs. 45-46)
Lirismo

Ahora bien, si la novela se caracteriza, de una parte, por el predominio de su visión realista ―o, más propiamente, expresionista― de la Andalucía de los primeros años sesenta del pasado siglo, con la extrema crudeza requerida por el tremendo cuadro social de la época, Miguel Higueras se prodiga, a lo largo del relato, en bellísimas descripciones poéticas de nuestros campos; algo que José García López, referido a idéntico procedimiento estilístico en la obra de Pío Baroja, ha denominado remansos líricos.

Tres ejemplos, de entre los muchos que jalonan y embellecen el libro, bastarán para ilustrarlo:
«Las manzanillas de invierno lucían ya algunos capullos y las caléndulas y los cardos borriqueros brillaban bajo la lluvia. Los alcauciles silvestres y las borrajas estaban empapándose de agua y, aunque todavía no desplegarían hasta dentro de un par de semanas el cazo morado de sus flores, ya habían brotado los candiles. La grama, los carretones y la carihuela cubrían el suelo mientras que las ortigas, las arvejas, las collejas y borrajas se apretaban en las unbrías protegidas por los troncos de las encinas y los alcornoques. Los ramones, los tallos alargados de los hinojos, los jaramagos, las malvas y el culantrillo prometían cubrir de verde las praderas si la lluvia continuaba unos días, y las anchas hojas del llantén, aplastadas contra el suelo y fibrosas como hechas con lata bruñida, casi tapaban a los humildes nazarenos.
»Mansas palomas domésticas, una bandada de una docena de perdices picoteaban el suelo, antes de que las dispersara el celo ya inminente. Una torcaz cruzó batiendo sus alas como el roce de la seda y a lo lejos, entre las ramas tupidas de hojas verdinegras de un chaparro, sonó el ronco zureo de una tórtola turca.» (Págs. 32-33)

El siguiente ejemplo presenta el contraste entre el paisaje de Madrid y su añoranza del paisaje natural, bucólico de su tierra, lo que sirve de exaltación lírica de este último ―aclaremos que se habla del Madrid empobrecido de aquellos años, no superada aún la devastación del largo período de la guerra por la que atravesó la hoy espléndida capital―.
Veámoslo:
«La ruindad del Manzanares y de su cauce, la suciedad de sus orillas y el ruinoso apelotonamiento de las casas por entre las que el río se abría paso trajeron a la memoria de Pedro, por contraste, el Valle del Guadalquivir y el río que nunca había dejado de añorar.
»De espaldas a la tierra remota y con la vista perdida en la dirección hacia la que se arrastraba el Manzanares, Pedro soñó aquella tarde, plantado en el Puente de Toledo, con el majestuoso fluir del Río Grande, hinchado por las lluvias de otoño.
»Evocó el solemne serpenteo de su cauce entre los naranjales, moteados por las bolas amarillentas de sus frutos ya casi maduros, el adormilado balanceo de los tarajes de sus orillas, mecidos por la brisa del atardecer y el aroma espeso y sensual de la tierra húmeda.
»Sintió Pedro que le dolía la ausencia como si, al arrancarse del río y de su valle, se hubiera arrancado el músculo que bombeaba la sangre por su cuerpo y supo que, hasta que volviera a vivificarlo el aire de las riberas del Guadalquivir, se arrastraría por la tierra como un fantasma sin alma.» (Págs. 111-112)

Aclaremos, sin embargo, que el lirismo de pasajes como estos no agota su intención y sentido en la mera recreación estético-literaria de nuestros campos, sino que supone algo más; algo que brota de ese sentido hondo de la existencia humana a que nos hemos referido. Supone, en fin, el convencimiento de que el campo andaluz ejerce una intensa y honda influencia sobre la actitud y carácter vital de los andaluces, llegando a conformar un talante contemplativo, tolerante, esencialmente pacífico frente a las adversidades y retos que se les han ido presentando en el transcurso de su historia milenaria.

Veámoslo en los siguientes fragmentos:

«Veinte siglos más tarde de que Plinio el Viejo lo describiera, del Guadalquivir se sigue apreciando que su suave y amable cauce está habitado, a derecha e izquierda, por numerosas poblaciones.
»Aunque los nombres de los antiguos asentamientos de Detumo, Celtiam o Segida Augurina sean ahora Posadas, Peñaflor o Palma del Río, el carácter de sus pobladores ha cambiado poco porque la influencia del paisaje y del clima los ha moldeado en el convencimiento de que, como el episódico desbordamiento invernal o el somero cauce del estiaje, en el Guadalquivir no hay felicidad eterna ni desgracia perpetua.» (Pág. 60)
… … …
»Es esa una filosofía que los habitantes del Valle del Guadalquivir han transmitido genéticamente a sus descendientes desde los más remotos albores de la historia, y que les ha permitido acoger sucesivamente y sin resistencia violenta a tartesios, fenicios, romanos, judíos, musulmanes, castellanos y franceses, seguros de que acabará por seducirlos la amenidad del paisaje, la suavidad del clima y la prodigalidad de la tierra.
»Todos los pueblos que se fueron estableciendo sucesivamente en el valle legaron a sus habitantes sus genes y sus leyendas, por lo que el andaluz de ahora es una síntesis de esa mezcla de sangres, y su cultura el sedimento de todos sus mitos.» (Págs. 60-61)

Es evidente que el amor y profundo conocimiento del campo andaluz que Miguel Higueras revela en El viejo río grande no supone un mero ejercicio de lirismo literario, como ya hemos dicho, sino un sutil procedimiento para transmitir al lector lo que podríamos llamar su teoría de Andalucía.
El suyo no es, por lo tanto, un lirismo como fin, sino como medio. En otras palabras: Miguel Higueras establece una identidad o, cuando menos, una íntima correlación entre el medio natural de Andalucía y el alma de Andalucía, entre el campo andaluz y el carácter mismo de la cultura andaluza.

Llegados a este punto, tengo que confesaros que esta visión de Andalucía y de lo andaluz que nuestro autor sustenta me ha causado especial emoción, al traerme el recuerdo de una de las lecturas que más feliz me hicieron en su día. Fue allá por los primeros años cincuenta, en plena adolescencia, cuando leí el ensayo de don José Ortega y Gasset titulado Teoría de Andalucía, publicada en el diario El Sol en el mes de abril de 1932.
Y me lo ha hecho recordar porque la teoría de Andalucía que subyace en la novela de Miguel Higueras, aun sin recibir un desarrollo teórico expreso que resultaría impropio de una novela, se patentiza con la mayor eficacia en el sentido mismo de la novela, en la idiosincrasia y en los modos de vida de sus personajes, en sus ambientes, en la visión lírico-amorosa de sus paisajes, viniendo así a coincidir con aquella otra, a que me he referido, desarrollada por nuestro primer filósofo.

Permitidme que me tome la libertad de traer aquí algunas palabras ―pocas, las imprescindibles para mostrar esto que digo― de aquel ensayo maravilloso de Ortega y Gasset. Pensad que los mayores sentimos de especial manera la necesidad de enlazar el pasado con el presente, en un ejercicio intelectual colmado de sentimiento que llamamos añoranza o nostalgia. Pero la nostalgia no es, como se suele suponer, un sentimiento banal. Todo lo contrario. La nostalgia supone tender un puente entre el presente y el pasado en un afán de trascender el tiempo; en un intento, consciente o no, de acercarse a Dios, que es la suma intemporalidad y trascendencia.
Dice así Ortega:

Ortega y Gasset, Teoría de Andalucía (El Sol, 4.04.1932)

«El andaluz aspira a que su cultura se parezca a su atmósfera. Para él, lo andaluz es primariamente el aire de Andalucía... Todo andaluz tiene la maravillosa idea de que ser andaluz es una suerte loca con que ha sido favorecido. Como el hebreo se juzga aparte entre los pueblos, porque Dios le prometió una tierra de delicias, el andaluz se sabe privilegiado porque, sin previa promesa, Dios le ha adscrito al rincón mejor del planeta. Frente al hombre de la tierra prometida, es el hombre de la tierra regalada.»
«Uno de los datos imprescindibles para entender el alma andaluza es el de su vejez. No se olvide. Es, por ventura, el pueblo más viejo del Mediterráneo -más viejo que griegos y romanos. Indicios que se acumulan nos hacen entrever que antes de soplar el viento de los influjos históricos desde Egipto y, en general, desde el Mediterráneo oriental hacia el occidental, había reinado una sazón de ráfagas opuestas. Una corriente de cultura, la más antigua de que se tiene noticia, partió de nuestras costas y, resbalando sobre el frontal de Libia, salpicó los senos de Oriente.»
«Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya.
«Al revés que en Castilla, en Andalucía se ha despreciado siempre al guerrero y se ha estimado sobre todo al villano, al manant, al señor del cortijo.»
«Consecuencia de este desdén a la guerra es que Andalucía haya intervenido tan poco en la historia cruenta del mundo. El hecho es tan radical, tan continuado, que de puro evidente no se ha subrayado nunca.»
«Parejamente, Andalucía ha caído en poder de todos los violentos mediterráneos, y siempre en veinticuatro horas, por decirlo así, sin ensayar siquiera la resistencia. Su táctica fue ceder y ser blanda. De este modo acabó siempre por embriagar con su delicia el áspero ímpetu del invasor. El olivo bético es símbolo de la paz como norma y principio de cultura.»
«... aunque parezca mentira al hombre del Norte, hay todavía en este rincón del planeta millones de seres humanos para quienes la delicia básica de la vida es, en efecto, gozar de la temperie deleitable. Es indecible cuánta fruición extrae el andaluz de su clima, de su cielo, de sus mañanitas azules, de sus crepúsculos dorados.»
Pero volvamos a nuestra novela.

El título de la novela es por demás significativo: El viejo río grande.

Significativo porque Palma, nuestra ciudad, está caracterizada, entre otras cosas, pero muy principalmente, por su situación entre dos ríos. La novela no pasa por alto este importante dato; en uno de los admirables pasajes en que se exalta la fecunda armonía de nuestro paisaje, se nos dice:
«Los cochinos, que todavía encontraban algunas bellotas de la cosecha anterior bajo las encinas, podrían pronto alimentarse con las hierbas de la montanera, y allá abajo, en las tierras de labor de Cerro Redondo y de El Retamar, las semillas de los cereales se impacientaban por brotar para dejar más tarde que el aire meciera en primavera las apretadas espigas y que el implacable sol del verano hiciera madurar sus granos.
»En un raro momento de ensoñación y autocomplacencia, el viejo labrador miró a lo lejos, hacia donde el pueblo se acurrucaba entre los dos ríos, y como un perro frente a la chimenea en las noches de invierno murmuró:
»Todo está bien, y todo irá bien mientras haya alguien que sepa vigilar para que todo siga bien.» (Pág. 33)
Luego veremos el sentido de estas palabras, pronunciadas por el terrateniente don Fernando Alcántara, uno de los personajes arquetípicos de la Andalucía de aquellos años, cuyo sentido de la propiedad agraria y del orden social a ella vinculado caracterizan la novela.

El río Guadalquivir es, sin duda, nuestro río grande; pero grande, verdaderamente grande, no lo es hasta su confluencia con el río Genil.
Los mahometanos llamaron al río Betis con el nombre de al-Wad-al-Kebir, el río grande, pero no debemos creer que tal denominación supusiera un cambio de nombre, sino tan sólo una traducción a la lengua árabe del topónimo íbero Beti-iz, que una vez romanizado pasó a ser Betis. Tengamos en cuenta que los romanos encontraron ya formados los topónimos de la Península Ibérica y, en la mayoría de los casos, no hicieron otra cosa que romanizarlos; e idéntica operación llevaron a cabo, algunos siglos más tarde, los mahometanos: arabizar nuestros topónimos.
Digamos, de pasada, que también el nombre de nuestro pueblo, Palma, que unos atribuyen al romano Aulo Cornelio Palma y otros, sin explicar por qué, trasladan a la relajación fonética Balma de la época musulmana, procede de un topónimo íbero que viene a significar unión de ríos, como acredita su semejanza con el vascuence palastma.
Así pues, el Betis romanizado procede del íbero Beti-iz, y significa siempre agua —o siempre lleno, en este caso—. Para los íberos, sin embargo, esta denominación no la recibía nuestro río sino a partir de su confluencia con el Genil, cuyo significado en aquella lengua prehistórica es precisamente —como aún lo es en vascuence— sin estiaje, o carente de estiaje. El río Genil es, en efecto, el río carente de estiaje; como que en verano toma sus aguas de las nieves perpetuas de Sierra Nevada y eso permitía al Guadalquivir, precisamente desde Palma, tener su cauce siempre lleno y llamarse Betis con toda propiedad, porque nunca llegaba a conocer los atroces estiajes de su pariente extremeño, el Guadiana.

Los temas

El título de la novela expresa, pues, uno de sus temas; el de su hondo sentido telúrico. Asociado a éste, aunque ya en su desarrollo argumental, otros dos temas más: el primero, el de la situación social de la Andalucía de aquellos años; y el segundo, el de la relegación de la mujer a un segundo plano social, subordinada siempre al varón en todo cuanto se refería a la propiedad, valga decir a la defensa de sus propios intereses económicos.
No es necesario, ni la ocasión y el tiempo lo permiten, que tracemos aquí el cuadro que ofrecía aquella Andalucía del subdesarrollo, carente de instalaciones industriales y de servicios mínimamente suficientes para redimir a su población de la dependencia del trabajo en el campo en condiciones laborales difícilmente imaginables para los jóvenes de hoy.
Como tampoco creemos necesario exponer la situación de incapacidad jurídica de las mujeres casadas para administrar sus propios bienes, bien conocida por todos y sólo remediada en la reforma del Código Civil de 1980-81, durante de la transición política.
Nuestra novela ―y la llamo así porque El viejo río grande es casi tan nuestra en su significación y en su espíritu como lo es de su creador literario―, nuestra novela, digo, nos sitúa en medio de ese cuadro histórico-social en la forma y con los procedimientos que una gran novela debe hacerlo: en su argumento, en sus personajes, en el sórdido conflicto de intereses que se desarrolla en torno a Elvira Alcántara, personaje central de su argumento.
Hija única y heredera de don Fernando Alcántara, uno de los más acaudalados terratenientes de la localidad, Elvira se nos muestra como la heroína, a su pesar, del relato. Y digo a su pesar porque Elvira no pretende vivir heroicamente, ni transformar el mundo que le ha tocado vivir, por más cerrado, convencional e injusto que éste sea. Lo que Elvira espera de la vida es casarse y formar un hogar, amar y ser amada.
Esto que, a primera vista, pudiera parecer sencillo de lograr para cualquier mujer de bien que tiene su vida asegurada resulta, sin embargo, no sólo utópico en una sociedad como aquélla, sino incluso origen de un conflicto de consecuencias trágicas.
Las palabras pronunciadas por don Fernando Alcántara al tiempo que contemplaba sus tierras, según las cuales «todo está bien, y todo irá bien mientras haya alguien que sepa vigilar para que todo siga bien» no tienen otro sentido que el de la necesidad de que Elvira encuentre un marido capaz de administrar sus cortijos una vez que él falte.
En torno a Elvira se mueven, como acabamos de decir, sórdidos intereses materiales, solapados por la insidia y absoluta carencia de escrúpulos morales de los personajes. Los dos sujetos que pretenderán la mano de la joven, Pedro Tirado y Felipe Monte Agudo, así como otros personajes menores que intervienen en la acción novelesca y sirven para completar su marco social y moral, son seres elementales que se mueven a impulsos de egoísmos económicos y de pasiones primarias; la pasión sexual, descarnadamente descrita, sin ambages, en primer término.

Las personalidades de Pedro Tirado y Felipe Monte Agudo, son muy diferentes, aunque marcadas por una nota común: la ambición y carencia de todo escrúpulo al utilizar el matrimonio como medio de ascenso económico y social.

Pedro Tirado

Pedro Tirado representa un tipo humano que podríamos situar en cualquier lugar y tiempo, pero muy especialmente en la España del pasado, en cualquiera de las regiones más atrasadas del sur, en donde pertenecer a la clase obrera constituía una pesadísima servidumbre.

Su rebelión frente a la condena de pertenecer de por vida a la clase obrera

Su íntima rebelión contra ese estigma se expresa con las siguientes palabras:

«Desde el más remoto rincón de la infancia al que era capaz de retroceder en sus recuerdos, Pedro se había rebelado contra la condena a que la suya fuera una repetición de la vida de su padre, siempre irritado por su escaso jornal, cansado por las largas horas de trabajo, preocupado por el miedo a perder el empleo y amargado por las quejas del encargado de la carpintería.» (Pág. 102)

El seminario como medio de lograr el acceso a los estudios de Bachillerato

Pues bien, ingresar en el seminario constituía el primer paso y la forma más directa de lograr unos estudios imprescindibles para lograr sus propósitos, aun a costa de someterse a un recogimiento y a una disciplina difíciles de sufrir sin participar en la necesaria vocación religiosa.
He aquí las palabras con que se narra un proceso tan hipócrita como desventurado.

«Cuando a los once años aprobó el examen e ingresó en el seminario, lo hizo empujado tanto por los apremios de la maestra y catequista de la parroquia como porque era la única posibilidad que tenía de estudiar bachillerato y de evitar su entrada como aprendiz en la carpintería.
»Confundido entre sus compañeros en la interminable doble fila de ensotanados que recorrían en silencio los lóbregos corredores del seminario, Pedro aprendió a embridar su rebeldía y, en la capilla, a disfrazar de recogimiento el sueño que lo embotaba durante la diaria misa del alba.» (Pág. 102)

Los sindicatos verticales

El segundo paso, una vez logrado, a los 17 años, el título de bachillerato elemental y el necesario apoyo político, será su ingreso como funcionario de la entonces denominada Organización Sindical. Veámoslo.

«Aparte de la satisfacción personal, sus estudios le abrieron la puerta de la delegación local de sindicatos, en la que consiguió empleo y sueldo de escribiente, gracias en parte a los servicios prestados durante la República por su padre, que supo evolucionar desde su militancia en la CNT de los primeros años, a la Falange en vísperas de que estallara la guerra civil.
»Aunque el empleo de oficinista en un organismo del Estado le garantizara un sueldo para toda la vida sin necesidad de mancharse de barro en el campo ni de respirar el serrín de la carpintería, Tirado aspiraba a más y sabía que, en su pueblo, el dinero era la más sólida peana del poder y que los poderosos del pueblo eran los dueños de la tierra.» (Pág. 103)

El braguetazo como único medio a su alcance para llegar a ser propietario de un cortijo

Así pues, el casorio de ventaja constituirá el único medio a su alcance para convertirse en propietario de un cortijo y será, finalmente, el colofón de un proceso de ascenso social enteramente teñido de inautenticidad y ausencia de principios.
Dice así la novela:

«Para ser terrateniente, los únicos caminos eran heredar un cortijo, meterse a torero o tener la suerte de ganar el premio gordo de la lotería…
»Quedaba otra posibilidad al alcance de Pedro Tirado: casarse con la hija de algún terrateniente y esperar a que se muriera el suegro para heredar.» (Pág. 103)

Felipe Monte Agudo

El gran antagonismo entre Pedro Tirado y Felipe Monte Agudo desbordará ampliamente la rivalidad en torno a una joven a la que ninguno de los dos quiere.
La novela retrata a Felipe Monte en su doble personalidad; la aparente o fingida y la real.
Desde su llegada al pueblo, con el único propósito de casarse con Elvira, Felipe consigue mantener una apariencia y un trato contrarios a su auténtico jaez y calaña de especulador y contrabandista de poca monta en la raya de Portugal. De tal manera, Felipe Monte consigue engañar a todo un pueblo y, lo que parecería más difícil, al celoso padre de Elvira, don Fernando Alcántara.
Existen precedentes de ello en nuestra literatura, aunque con matices distintos.
En El caballero de Illescas, de nuestro Lope de Vega, un joven de dudosa reputación, Juan Tomás, enamora a Octavia, la hija del conde Antonio, quien huye con él fuera de España; y en Los intereses creados, de nuestro premio Nobel don Jacinto Benavente, el joven pícaro Leandro llega a una próspera ciudad y, con la ayuda de Crispín, su compinche, enamora a Silvia, la hija única del rico señor Polichinela.
Ahora bien, en ambas comedias, la de Lope y la de Benavente, los jóvenes pícaros acaban enamorándose de sus víctimas, Octavia y Silvia. Los pícaros, en ambos casos, se regeneran mediante el amor, que es lo que suele gustar al público, en general.
¿Es esto posible? Más bien parece que no.
Decía mi maestro don Francisco Maldonado de Guevara, al comentar el Lazarillo de Tormes, que el pícaro, el verdadero pícaro, es irregenerable, al menos en nuestro país, en España. La conciencia del pícaro está tan minada desde su infancia, que ni el amor ni el trabajo son estímulos suficientes para regenerarlo.
Justamente así acontece con los dos granujas de El viejo río grande, Felipe Monte y Pedro Tirado. Ambos lograrán engañar a Elvira, pero no llegarán a amarla.
La novela de Miguel Higueras se encuadra, también en este sentido, dentro de nuestra mejor tradición del realismo expresionista, que comienza en la Edad Media con las Danzas de la muerte y llega a nuestros días con el Pascual Duarte, de Cela.

Personajes secundarios: don Fernando Alcántara; Adela, La cabra; y José Díaz, El cabrero

En torno a los tres protagonistas pulula una amplia relación de personajes menores que componen un amplio cuadro humano de muy variadas características psicológicas y sociales y, en conjunto, de marcada idiosincrasia y color local. Un conjunto de hasta cuarenta y tres individuos, entre los que destacan tres: don Fernando Alcántara, el padre de Elvira; Adela, La cabra, amante de Felipe Monte Agudo; y José Díaz, El cabrero, marido de esta última.
De don Fernando Alcántara ya hemos dicho lo más preciso: Padre de Elvira y rico propietario rural, su preocupación fundamental en la etapa de vida en que la novela nos lo presenta consiste en que su hija se case con un hombre de su clase que sepa administrar sus cortijos y no caiga en brazos de cualquier ambicioso advenedizo, como sería el propio Pedro Tirado.

Adela, La Cabra

Adela, La Cabra, y su marido José Díaz, El Cabrero, representan a ese sector pobre de la población palmeña, dentro del conjunto de los perdedores de la guerra civil.
Adela es la mujer ardiente y sin recato que no transmite sino deseo, lujuria, y será, desde el momento mismo de su encuentro con Felipe, su amante.
He aquí el encuentro entre ambos personajes:

«Fue durante esa visita, un sábado de mediados de octubre, cuando Felipe conoció a Adela y lo primero que de ella vio le provocó una sacudida fulminante en algún punto recóndito de su sistema nervioso que lo inmovilizó como a un alobado....» (Pág. 92)

Le sigue la descripción de ese primer encuentro, que revela la fina capacidad de observación de su autor; que yo sepa, nunca se ha descrito con tal acierto la imagen que ofrecía una mujer joven y sensual cuando la tarea de fregar los suelos se practicaba de rodillas, valga decir, con las rodillas en el suelo y la bayeta o aljofifa en las manos. Entiéndase que, por entonces, las mujeres no usaban pantalones, y que el swapper americano, en su acepción española de fregona, no había penetrado en nuestro país, por lo que el fregado se hacía siempre metiendo las manos desnudas —sin los guantes de plástico que hoy se usan— en el cubo de agua fría, enjabonando la aljofifa con el áspero jabón verde, también a mano, y exprimiéndola, para el aclarado del suelo, mediante un vigoroso retorcimiento con las dos manos.
De esta manera, las manos de cada mujer revelaban, a primera vista, su clase social; revelaban si fregaba o no fregaba los suelos, y tengo oído que, no hace aún demasiado tiempo, hubo quienes se oponían a la adopción de la fregona, alegando que de tal manera los suelos no quedaban tan limpios como fregándolos a mano, rodilla en tierra.
He aquí el fragmento de que hablamos:

«Al abrir la puerta, sus ojos quedaron clavados en las corvas carnosas y firmes, ligeramente separadas, de un mujer que fregaba arrodillada y que movía con indolencia la aljofifa, transmitiendo el balanceo voluptuoso de sus caderas a un trasero respingón, redondo y breve, expuesto en toda su majestuosidad el estirarse hacia delante, arrastrando en el movimiento el vuelo de su vestido.» (Pág. 92)

Poco más adelante, en las confidencias que siguen a los encuentros iniciales de los amantes, conoceremos las primeras circunstancias de la vida de Adela:

«Arrebujada en sus brazos, le dijo que acababa de cumplir 22 años y trabajaba en la Fonda lavando ropa y arreglando los cuartos. Se había casado con José Díaz, El Cabrero, cuando ella tenía 18 años y él 36, pero vivían como marido y mujer desde que El Cabrero regresó al pueblo después de purgar las responsabilidades políticas que había contraído durante la guerra y por las que fue condenado a 19 años de trabajos forzados.» (Pág. 96)


José Díaz, El Cabrero

Aunque a José Díaz, El Cabrero, le corresponde el último lugar en el orden de aparición, no ocupa, ni mucho menos, el mismo lugar en nuestra estima personal.
El autor nos lo presenta con estas palabras:

«Díaz, un vociferante revolucionario durante el agitado mes transcurrido desde que estalló la guerra civil hasta que los militares finalmente victoriosos entraron en el pueblo, logró huir antes de que los soldados lo capturaran, lo que posiblemente le hubiera costado la vida como a muchos que habían demostrado menor ardor revolucionario.
»El padre de Adela fue uno de los últimos muertos en combate durante la guerra civil y, cuando una bala perdida lo hirió sin remedio en el frente de Pozoblanco a finales de marzo de 1939, le pidió a El Cabrero que volviera al pueblo, le contara a su mujer cómo había muerto y ayudara a su hija.» (Pág. 96)

Digamos, finalmente, que Elvira Alcántara y José Díaz, El Cabrero, son, en mi opinión, los únicos personajes que suscitan respeto y compasión por parte del lector.
Uno por arriba y otro por abajo de la escala social de aquel reducido mundo, asumen con convicción y máxima dignidad el papel que la vida le ha asignado a cada uno. Ese papel, sin embargo, en aquellos oscuros tiempos, no podía sino acarrearles la desgracia. Tanto Elvira Alcántara como José Díaz, en el bando de los vencedores la una y en el de los vencidos el otro, son seres puros, seres ingenuos dispuestos a vivir en coherencia con sus convicciones de todo orden, sin sospechar el torrente de sordidez, deslealtad, codicia, bajas pasiones e hipocresía que les rodea.

Todo esto, sin embargo, queda poco más o menos que insinuado vagamente: nuestro autor, que analiza y expone los hechos concretos con dominio de gran novelista, difumina, no sabemos si voluntariamente, sus puntos de vista teóricos y generales. ¿Obedece ello acaso a una técnica premeditada de dosificación del interés intelectual del libro? Creo que sí, y en todo caso ésa es una tarea que corresponde realizar al lector o, en esta ocasión, al comentarista; así, al menos, lo he pretendido.
Entrar ahora en la lectura deleitable de El viejo río grande es cosa vuestra.


Joaquín de Alba Carmona
Palma del Río, 10 de octubre de 2008



Comparaciones
Torrente Ballester, Los gozos y las sombras, y en especial su primera parte…
Pío Baroja, en la brusca sinceridad de su estilo narrativo, con el contrapunto del lirismo en las bellísimas e idealizadas descripciones de los paisajes de su tierra.

Guión cinematográfico
El viejo río grande debería ser trasladada al cine. Podría convertirse en un magnífico guión cinematográfico, de los que tan necesitados anda, por cierto, nuestro cine.

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