30/10/08

Recuerdo de Manuel Rosa Castiñeyra

A poco de comenzar el año 2000 mantuvimos Manuel Rosa y yo una discusión sobre la fecha de entrada del siglo XXI. Sostenía él que el nuevo siglo no comenzaría sino un año después, en el 2001. Yo, más impaciente por dejar atrás el siglo XX y anticipar los nuevos tiempos, sostenía lo contrario: el nuevo siglo ya había entrado. La razón, naturalmente, estaba de su parte, teniendo en cuenta el cómputo histórico de la Era Cristiana, y así tuve que reconocérselo, después de un divertido y cordial intercambio de cartas entre Madrid y Palma.
Pensando en esa anécdota, una de tantas entre las muchas anécdotas que con Manuel Rosa he vivido, he llegado a pensar que tal vez él se sentía muy a gusto dentro de su tiempo y no tenía prisa alguna en dejarlo atrás. Y como si de una premonición suya se tratara, en los días finales de diciembre último, acabando ya el siglo, se nos ha ido, dejándonos en este mundo ilusorio y grato de la vida, para retornar al ámbito real, aunque inquietante, de la intemporalidad, en el seno de una plenitud en la que él creía firmemente, lo mismo a la luz de la fe que a la de la razón. Más de una conversación serena y sincera mantuvimos en los últimos tiempos sobre esto.
Tras la muerte, la vida de las personas se hace repentinamente inteligible, cobrando a nuestra mirada plenitud de sentido. Parece como si la muerte fuera no sólo el final de la vida, sino, más propiamente, su justificación.
Y así, Manuel Rosa Castiñeyra ha sido una figura clave entre los palmeños de su siglo, del siglo XX. En el fluir de mis muchos recuerdos, es inevitable que me asalte la nostalgia, el sentimiento que la pérdida del amigo de muchos años me constriñe a vincularlo a mis vivencias familiares y personales. Pero, por encima de esa visión personal y subjetiva, se alza su figura de hombre ejemplar que ocupaba un lugar destacado, irreemplazable, entre los palmeños que han dado vida y carácter a nuestro pueblo durante los tres últimos cuartos del siglo XX.
Palmeño ante todo y sobre todo, llevaba su pueblo en lo más hondo de su personalidad; diríamos que miraba y sentía el mundo con mirada y sentimiento de palmeño: con cordialidad y afabilidad; con finura espiritual; con inteligente, ilustrado sentido del humor; con estoica (por cristiana) aceptación de cuanto de gozoso y amargo ofrece la vida.
Dos novelas escritas en los últimos años (El Lazarillo de Palma, Madrid, 1996, y Don Quijote inmortal, Madrid, 1999) constituyen su memoria de la vida, la primera, y su visión de la circunstancia española, la segunda. Novelas palmeñas, en ambos casos, pues sólo desde el conocimiento y el sentimiento entrañables de Palma que su autor sustentaba pueden interpretarse cabalmente.
Tomemos de El Lazarillo de Palma un párrafo de su capítulo primero, en el que evoca recuerdos de su infancia feliz. Cualquier lector palmeño podrá reconocer en él los lugares, situaciones y ambientes evocados.

“Cuentan que mi nacimiento fue en el claustro de las monjas clarisas, junto al río; me salí de un claustro y me metí en otro...
Saltaré, para no darle pábulo a la nostalgia, la edad feliz de la infancia, de gratos recuerdos: el huerto de rosas, la destilación del azahar, el parvulario de las monjas, la escuela pública, la cría de faisanes con huevos de hormiga y larvas de cigarrón, las noches estrelladas del verano, repantigado en la mecedora viendo a las lagartijas cazar mosquitos; la diversión de las riadas, la noche en vela, por si acaso, y el transporte en burro al colegio (aquel burrito Peneque, hijo de la Cirila, ambos enanos, y blancos como el algodón).
Aunque también hubo sus murrias: el descalabro que un zagal me hizo tirando desde el cerro de la iglesia un latón que vino en vuelo a chasparme el cuero peludo; me llevaron al médico, quien, agarrando la túrdiga de pellejo, me dio un tirón, diciendo: Si eres macho, tente pacho; si eres hembra, patalea. Desde entonces padezco una calvilla de fraile motilón.”

Vivencia feliz de una infancia transcurrida en el ambiente predominantemente rural de Palma durante la época de anteguerra, de 1925 a 1936. Recuerdos extraídos del último rincón del alma, sobre los que se asientan los pilares mismos de la personalidad, el mundo de valores y sentimientos que acompañan al hombre en su discurrir por la vida.
Perteneció Manuel Rosa a unas generaciones de palmeños caracterizados por una cordialidad extraordinaria, por una simpatía arrolladora en su trato con el prójimo, en especial con sus paisanos y amigos. Sobre esa cordialidad y simpatía, añadía Manuel Rosa un acendrado concepto de la amistad y una gran bondad. Permítaseme traer aquí algún recuerdo personal, a propósito de esto último.
Hizo su primer viaje a Madrid, siendo aún adolescente, hacia el año 40, encomendado por su familia al cuidado de mi padre, trece años mayor que él, ya casado y con domicilio en la capital. Tenía Manolo dos tíos en Madrid, Evaristo y Juan Rosa, funcionarios ministeriales ambos, con quienes solía parar. Pues bien, varios años después, siendo él estudiante de Ingeniería en Madrid, en el verano de 1949, y teniendo yo trece años, fueron mis padres quienes me encomendaron al cuidado de Manuel Rosa para venir a Palma a pasar las largas vacaciones estivales. Duraba por aquel entonces el viaje de Madrid a Palma más horas que hoy en día una travesía del Atlántico: ocho o nueve horas en los “rápidos” y hasta doce o catorce en los “correos”, que iban parándose en todas las estaciones y apeaderos del trayecto. Lo peor, sin embargo, no era el tiempo, ni los largos retrasos en las llegadas, sino la carbonilla que entraba por las ventanillas de los vagones y que impregnaba las caras y las ropas de los viajeros. Así es que, al llegar a casa, lo primero era darse un buen baño, dejando el agua tan negra como la carbonilla misma.
Durante el largo viaje saltaba a la vista su satisfacción por el hecho de llevar consigo, camino de Palma, al hijo de su amigo Joaquín, con quien él, no muchos años atrás, había hecho su primera salida de Palma a Madrid. Así se lo comentaba, con el entusiasmo de su charla viva y amena, al resto de viajeros y a su prima Pilar, hija de su tío Evaristo, muchacha bellísima, de ojos verdes, que también viajaba a Palma con nosotros.
Esa misma cordialidad, unida al culto a la amistad que profesaba, hizo que en alguna nochevieja me llevara, venciendo mi timidez adolescente, a la fiesta familiar que se organizaba en el domicilio de don Antonio Moreno Carmona, inolvidable secretario del Ayuntamiento por aquellos años, con cuya hija Inés habría de casarse Manolo en 1955. Ocupaba el domicilio del secretario el piso alto del ala norte de la Casa Consistorial que, lamentablemente, fue derruida en los fatídicos años 60. Fatídicos, digo, para el patrimonio arquitectónico palmeño.
La vida de Manuel Rosa Castiñeyra fue muy activa y fecunda, como corresponde a su rica personalidad, a su viveza de carácter y a su inquietud intelectual. Tras un período de pasante en el despacho de abogado de don José María Gil Robles, pasó a Televisión Española en los años iniciales, en el Paseo de la Habana, donde permaneció durante el resto de su vida profesional; primero, como Jefe de Relaciones Públicas, y más tarde como Jefe de Programas para el Exterior. La concesión de la Cruz del Mérito Civil en nuestro país y de la Medalla de Andrés Bello en Venezuela dan idea de lo destacado y meritorio de su labor.
Otro recuerdo personal, ahora de aquellos años de directivo de TVE, ilustra sobre el carácter de Manuel Rosa. Cuando nos encontrábamos en Madrid, generalmente con ocasión de algún concierto de la Orquesta de la RTVE, en el Teatro Real, no había más remedio que aceptar su invitación a cenar en algún restaurante de la zona de la Plaza de Oriente o de la Calle Mayor, invitación que se extendía a quienquiera que nos acompañara. La cena constituía, más bien, ocasión de disfrutar de su charla siempre viva, cordial, amena.
En sus últimos años, aquejado ya de graves dolencias, destacaba en él la naturalidad y estoicismo cristiano con que abordaba el pensamiento sobre la muerte. Sus dos novelas lo revelan mejor que ninguna de mis palabras.
En El Lazarillo de Palma ironiza sobre algunas costumbres, tanto antiguas como muy recientes, de los entierros en nuestro país, para acabar con una estremecedora aceptación de la propia muerte.

“Ítem más. Que no me lleven a un tanatorio, que hasta la palabra es fea, parece pronunciada por un tonto con frenillo, y creo estrafalario que lo pongan a uno en un escaparate, cariacontecido, con las ventanillas de la nariz hacia la cristalera, de forma que los mirones no ven más que crisantemos y ventanillas de nariz.”

“En todo caso, pido al Señor que me dé al menos los años de vida que los actuarios de seguros señalan, a fin de que pueda seguir dando guerra, que es lo que para ustedes, como para mí deseo... Aún así, no me hago ilusiones, y creo que el pez que me va a tragar lleva ya la boca abierta.”

En Don Quijote inmortal, traza Manuel Rosa un retrato del personaje cervantino que viene a ser un trasunto del propio autor. En los capítulos finales del libro, don Quijote, tras batallar y dar muerte al Caballero del Negro Yelmo que resultará, una vez muerto, ser su propia figura meditará sobre el sentido final de la vida y la muerte. Meditación ésta que lo llevará a tomar la decisión de ingresar en el Monasterio de Santa María de las Escalonias para enfrentar su última y más temerosa batalla, la de la muerte y el encuentro con la esencialidad del ser, con la eternidad.
Termino con uno de los últimos recuerdos personales que conservo del amigo desaparecido.
Cuando, tras una delicada intervención quirúrgica, estando aún hospitalizado, le llamé por teléfono, me explicó que durante la operación se había sentido muy mal. Tan mal, que creyó llegado su fin. Así es que, al ir despertando de la anestesia, aún adormecido, oyó pronunciar su nombre: “Manuel Rosa Castiñeyra.” Se trataba de un médico que leía su ficha, pero él, creyéndose ante el juicio divino, pensó: “Ea, ya me están llamando”.
Me lo contó con aquella llaneza y sutil sentido del humor que le eran tan naturales. Y como yo, estremecido por tal gesto de confianza, le expresara mi admiración por la sencillez con que aceptaba la idea de la muerte y mi alegría porque, al fin, estuviera vivo para contármelo, me contestó con el mayor afecto: “Joaquín, eres un buen amigo; eres tan buen amigo como lo fue tu padre.”
Ahora, al recordar aquellas palabras suyas, no puedo evitar un sentimiento de honda emoción, junto con la esperanza de que volvamos a encontrarnos dondequiera y como quiera que las personas nos encontremos después del tránsito de esta breve, fugaz circunstancia espacio-temporal que llamamos vida.

Joaquín de Alba Carmona

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