30/10/08

Sr. D. Torcuato Luca de Tena y Brunet
Madrid


Mi querido amigo: Recibí su grata carta y me maravilla que un mensaje pueda llegar tan felizmente a su destino, no sólo sin el nombre del destinatario, sino también sin el menor indicio de su desconocido paradero.
Puede Vd. imaginarse mi sorpresa al ver que un escritor de tan altos vuelos ocupara su elegantísima pluma en este Lazarillo de vuelo rasante.
Usted, como buen padrino, ha echado a padrino pelón, con largueza, las monedas que componen el primor de su prosa. Desde ahora mi Lazarillo puede decir, como Heine, “¡Me acosté desconocido y me levanté famoso!”
Se sorprende Vd. de mi anonimato y yo, de que, en los tiempos que corren, un escritor famoso se ocupe de otro desconocido, sin más razón que su hidalguía: nobleza obliga.
Pues le diré que acierta en que soy universitario. Este Lázaro, servidor de Vd., tiene el título y el don, aunque en verdad es un donnadie, y sobre ser feo, católico y sentimental, como Vd. dice, es un poquito tímido y le molesta rudamente vestirse de etiqueta y asistir a recepciones y demás pompas y vanidades.
Acierta Vd. también en lo de llamarme gramático y otras lindezas. Poseo la Medalla de Andrés Bello, lo que me enorgullece. Y me enorgullecería aún más si la debiera, en todo, a mis méritos gramaticales y no a la pesca de truchas en el río Cifuentes con el embajador Capriles, aquél que vino de Venezuela en su propio barco a devolverle, según dijo, la visita a Colón.
Hasta ahora ha dado Vd. en el clavo en todas sus deducciones detectivescas; y de todos los párrafos de su comentario puedo decir: ¡caliente, caliente!, excepto cuando apunta la probabilidad de que yo ocupe una cátedra universitaria, pero en esto tampoco puedo decirle: ¡frío, frío, como el agua del río!, porque es cierto que he sido profesor de Literatura.
Hace Vd. mención de “una obra teatral, entre bufa y jocosa” que estrenó, con seudónimo, cierta personalidad con renombre científico. Me intriga el caso y me gustaría que el dardo de mi palabra hiciera diana en la averiguación del autor y del título de tan notable obra; supongo que habría que indagar en la Villa y Corte, pero ahora estoy en el campo, porque, a temporadas, “la ciudad no es para mí”. ¿Caliente, caliente?
En cuanto a mis lecturas, ha acertado Vd. de tal manera que no parece sino que hubiera echado un vistazo a mi biblioteca, en la que guardo como oro en paño la obra de todos lo autores que menciona, sin excluir a Góngora, ese poeta del siglo XVII, que en el XX sigue a la cabeza de todas las vanguardias; ni al ecijano Vélez de Guevara, ni a Juan Rufo, Castillo Solórzano o Francisco Delicado...
Es cierto que leo poco aunque escogido de literatura moderna. Conozco la obra de Cela, Umbral, Gala, García Márquez, Luca de Tena... En una ocasión tuve la ocurrencia de hacer con don Quijote lo mismo que hizo Vd. con el Capitán Contreras: traerlo al siglo XX, a ver qué sutilezas decía y qué gracias le replicaba Sancho.
Nací en un pueblo grande. (Para dar una pista, aquél en vio la luz el Cardenal Portocarrero, paladín de la Casa de Borbón felizmente reinante).
Fui, en efecto, universitario en Madrid y mi edad es aquélla en que se borran casi todos los sueños.
Escribe Vd. que mis conocimientos del idioma caló son librescos. ¿Cómo ha podido averiguarlo?
En cuanto al Seminario, no lo he pisado ni de visita, pero sé latín, no tanto como para leerlo de corrido, pero sí lo bastante para que muchos piensen que fui seminarista.
Le doy mil gracias por todas las que ha derramado sobre mí al decir las cosas que ha dicho de mi libro, y estoy pensando que después de sus palabras no voy a tener más remedio que leerlo.

Suyo affmo.


P.D. Le adjunto un artículo (“Diario Córdoba”, 17-5-96) que firma Joaquín de Alba, Catedrático del Instituto “Antonio Gala”, de Palma del Río, que le dará noticia más cumplida que la mía, de este Lazarillo.

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